lunes, 28 de noviembre de 2011

Mara y Mara

Ella solo era una parte en mi imaginación. Existía en realidad, en el mundo físico, pero la había idealizado a mi manera. Tantos eran mis pensamientos sobre ella que poco tenían en común la Mara de mis ensoñaciones con la Mara de carne y hueso, la que llevaba viendo durante tres años cada mañana en la facultad. No era una chica despampanante, no destacaba sobre las otras, era de esas que formaba el montón junto al resto de chicas que pasan desapercibidas.

Mi Mara era una chica amable, con una voz dulce que transmitía tranquilidad; inteligente, siempre acarreando algún libro entre sus manos o preparando las clases particulares que impartía por las tardes para ganar algún dinero extra; risueña, con una sonrisa permanente en sus labios y con ese brillo especial en los ojos que se mostraba a través de sus gafas. Iba con su pelo rizado y castaño recogido en varios moños por toda la cabeza o atado en una coleta hacia atrás o simplemente dejado suelto sobre sus hombros. De esta última manera era como a mí más me gustaba.

La otra Mara, la del mundo físico, no parecía tan simpática, era más bien recelosa y en ocasiones daba contestaciones cortantes y mostraba una imagen de chica repulsiva. Era inteligente, se le daban bien las matemáticas y devoraba libros como si se alimentara realmente de ellos y nunca se separaba de sus gafas ni de las pinzas del pelo con las que se hacía esos extraños y pequeños moños por toda la cabeza. Siempre iba con esos moños, salvo una vez que se hizo una coleta porque, según ella misma dijo, se había olvidado de poner el despertador y no le había dado tiempo a peinarse. A Mara nunca la vi con el pelo suelto, pero creé esa imagen en mi imaginación a partir de su imagen con pelo recogido en una coleta. Mara era seria y aunque te mantenía la mirada en los ojos veías que lo hacía con esfuerzo.

Era extraño que yo me fijara en ella. Donde otros veían a una chica reacia al trato con las personas yo simplemente veía a una chica insegura. Donde los demás solo apreciaban a una chica callada y sosa yo podía ver que dentro de su cabeza había una auténtica maquinaria repleta de engranajes que se unían y se separaban unos con otros, que no cesaban de trabajar, uniendo ideas y reflexionando en la inmensidad que debía de ser su mundo interior.

La veía así, tal vez, porque yo también era así.

En los últimos meses del último curso de la facultad intenté cambiar un poco mi forma de ser. Me vi reflejado en ella y, para ser sincero, no me gustaba demasiado ser así. Hice esfuerzos por no asustarme al hablar con otras personas, por medir más las palabras que utilizaba para que no resultaran bruscas, por sonreír más a menudo y, sobre todo, por intentar hablar con Mara.

Pero no lo conseguí.

Cuando acabaron las clases dejé de verla y comencé a buscar trabajo. Una tarde de ese mismo verano, al salir de una entrevista que no había salido demasiado bien, decidí ir al parque a leer un rato antes de volver a casa y agobiarme con la entrevista del día siguiente. Me encontraba sentado en un lado de un banco del parque leyendo Mentes garabateadas cuando alguien se acercó para sentarse en el otro extremo libre. Al alzar la vista no podía creer que mi Mara, la del pelo suelto, se hubiera materializado y estuviera delante de mí.

Por un momento creí que mi imaginación me jugaba una mala pasada, no sería la primera vez que viera la cara de Mara suplantando el rostro de otra chica que nada tenía que ver con ella. Pero era Mara, sin moños, sin coleta, con todo su pelo castaño y rizado suelto, como a mí me gustaba, incluso antes de verla así peinada salvo en mi imaginación. Cuando alcé la vista, nos saludamos y se sentó, abrió su libro y comenzó a leer. Sin duda aquel encuentro inesperado era la oportunidad que necesitaba para hablar con ella de una vez por todas.

Me puse muy nervioso y me comenzaron a temblar las manos. Leía mi libro sin comprender nada. Tenía la mente en Mara. Estaba sentada a mi lado. Quería decirle algo y no sabía qué ni cómo comenzar a hablar con ella. Era consciente de la gran oportunidad que tenía y que podría desaprovecharla si no conseguía aplacar mis nervios y hacer desaparecer mi miedo.

No sé de dónde saqué el valor, pero por fin abrí la boca. No recuerdo qué le dije exactamente, pero fueron palabras torpes que se me atascaron en la garganta y no querían salir de allí mientras los latidos de mi corazón sonaban con fuerza en mis oídos, intentando acabar la frase. Como pude le propuse ir a tomar algo más tarde, cuando acabáramos de leer. Ella me miraba seria detrás de su gafas y espetaba un simple «No» como si la hubiese ofendido y acto seguido cerraba su libro, se levantaba y se iba, en mi imaginación. Sin embargo, en el mundo real, Mara me sonrió, lo pensó un par de segundos larguísimos y al final me dijo un simple «Vale».

Aquella tarde, en la cafetería a la que fuimos después del parque, tras pasar un par de horas hablando como si solo hubieran transcurrido quince minutos, pude comprobar que la Mara antipática que todos veíamos no existía y que la de mi imaginación era, en efecto, la Mara real.