martes 11 de octubre de 2011

La búsqueda

Estaba completamente a oscuras. Repitió cinco veces la oración aprendida frente al espejo. Encendió la cerilla. Chisporroteó un momento antes de que todo el fósforo de la punta prendiese. Cuando la llama se estabilizó comprobó la imagen que le devolvía el espejo. Era ella. Su cráneo, sus ojos, su columna vertebral, sus costillas, su clavícula, su cúbito y radio, sus carpos y metacarpos. Y la cerilla.

Miró directamente a su mano. En realidad estaba bien. Estaba recubierta de carne, de piel, con sus uñas y sus pelillos. Miró hacia su brazo. También era de carne. Volvió a mirar hacia el espejo y contempló su esqueleto. Reflejaba los mismos movimientos que realizaba pero había conseguido ver otra imagen de ella, con todos sus huesos.

La cerilla se apagó.

Estaba de nuevo completamente a oscuras. Sin repetir la oración encendió la cerilla. Volvió a chisporrotear antes de que todo el fósforo prendiese. Miró al espejo. Seguían ahí sus huesos. Acercó la cerilla a la punta de una vela y la encendió.

Caminó por el pasillo a la luz de la vela y bajó las escaleras hasta el recibidor. En el espejo de allí volvió a mirarse y comprobó que la imagen que recibía era de sus huesos. Se movió hacia la izquierda a una puerta que estaba cerrada. Revolvió la mano libre en sus bolsillos y sacó una llave. La giró en la cerradura y tiró de la puerta hacia sí para abrirla. Frente a ella una escalera de madera llevaba hasta el sótano de la casa.

Bajó con cuidado mientras la madera seca crujía cada vez que baja un peldaño. Una vez abajo se dirigió a la pared del fondo. Había algo tapado con una sábana blanca. Tiró de ella y apareció un espejo vestidor, ovalado, con marco de hierro haciendo pliegues redondeados.

Se puso delante de su reflejo. Una mano sujetando la vela y la otra caída en posición relajada. Miró su reflejo. Allí no era huesos, era ella. Movió la mano libre hacia el cristal pero su imagen permanecía quieta y con los ojos cerrados. Cuando tocó el cristal su reflejo abrió los ojos y se estiró hacia ella cogiéndola de la muñeca. Se quedó quieta.

La imagen había sacado su mano fuera, agarrándola fuerte. Le hacía daño. La imagen tiró de ella y la introdujo hacia su lado.

—Por fin has venido.

—Tardé mucho en encontrar la casa.

—Es cierto. No era fácil.

—Y ahora ¿qué?

—Ya te has desecho de lo que te mantenía atada en el otro lado. Has visto los huesos. Ya no perteneces allí. Éste es ahora tu sitio.

—¿Por qué me has hecho venir?

—Necesito que me ayudes.

—¿Para qué?

—Quiero que de ahora en adelante te quedes aquí y te hagas pasar por mí.

—¿Y tú?

—Yo iré al otro lado, de donde has venido. Lo siento.

—¿Qué es lo que pretendes?

—No puedo estar en este sitio. Debo marcharme. Vienen a por mí. Ahora irán a por ti. Lo siento. Debo ir a un sitio seguro. Aquí ya no puedo estar.

—Me has engañado.

—No es la primera vez. Ya he pasado por el espejo otras dos veces antes. No soy de este sitio. Engañé también a la de este lado y volveré a engañar a la del próximo. Tú no te acuerdas porque no eras tú. Eras tú pero de otro lado, como yo. Busco algo, pero aún no sé en qué lado está. He tenido que hacer algunas cosas que no están bien para encontrarlo y aún no he obtenido resultado. Has llegado justo a tiempo. Están cerca. No intentes huir. No tienes escapatoria.

Saltó al otro lado del espejo y cuando atravesó todo su cuerpo el cristal se desquebrajó y algunos trozos cayeron al suelo. El paso entre ambos lados se había cerrado. Escuchó un fuerte golpe en la puerta de arriba y luego unos pasos rápidos. Enseguida vio unas piernas bajando hacia el sótano, donde estaba ella. La habían cogido.

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