El niño se acostó en la cama y antes de que su padre saliera de la habitación le dijo que no tenía sueño y que si le podía contar un cuento para quedarse dormido. El padre dudó un momento pero cogió la silla del escritorio, la acercó a la cama, se sentó y comenzó a contarle la historia.
Había una vez, dijo, hace muchos años, allá por la Edad Media, una importante ciudad que cada año, en la primera semana de verano, celebraba un mercado que atraía a comerciantes de todos los sitios y curiosos de los lugares más cercanos. Cada año, al lado de la muralla se extendían los puestos donde los vendedores mostraban sus mercancías y saldaban acuerdos a cambio de unas monedas. Vendían ovejas y burros, bueyes y gallinas, cerdos y cabras. Vendían lana, quesos, especias, licores y frutos dulces. El ambiente de la feria también atraía a bufones que engañaban a las gentes con juegos de manos trucados, hacían perder unas pocas monedas a los ilusos que decidían jugar. Otros proponían desafíos físicos que ponían a prueba a los hombres se acercaban por allí, les hacían pagar por intentar subir un enorme tronco resbaladizo con algunos jugosos premios en la otra punta y que raramente alguien conseguía.
Muchos de los que paseaban por la feria compraban, otros solo miraban, pero todos se contagiaban del buen ambiente que allí había. Se escuchaban risas y canciones durante todas las horas de feria. Solo a veces algún rufián de palmo y medio de estatura salía corriendo con algo entre sus manos que no había pagado. Al lado de una de las torres de la muralla se situaba siempre el puesto del vendedor de niños. El puesto lo llevaba un hombre bastante viejo.
Aquel hombre, todavía de gran cuerpo pero de paso torpe y movimientos lentos, tenía a sus niños metidos en jaulas. Las más pequeñas contenían nada más que a un niño, mientras que las más grandes podían acoger hasta seis o siete niños, que permanecían apretujados. Los mantenía a base de abundante pan y agua. Cada jaula tenía un cubo donde hacían sus necesidades y que el hombre cambiaba cada mucho tiempo. De vez en cuando les echaba otro valde de agua por encima para limpiarlos un poco. En una de las jaulas del fondo se amontonaban los niños muertos.
La gente se acercaba a su puesto y miraba. Si alguien pedía un niño el hombre simpre preguntaba ¿Para qué lo quiere? Y las gentes le respondían "Quiero un niño para que me ayude con el arado, se murió la mula la semana pasada y no tengo dinero suficiente para un animal" o "Necesito una niña para la taberna, que fregue los suelos y las jarras sucias" o "Maté a mi hijo de una paliza cuando rompió el mango de la maza y necesito a otro que me ayude en la herrería".
El hombre también vendía a los niños como comida. Quien quisiera uno podía elegirlo y allí mismo, delante de todos, ponía su cabeza sobre la piedra y con el cuchillo grande lo decapitaba y despiezaba, lo metía en un saco y lo vendía al peso. Los niños muertos eran más baratos y tenían más éxito para comida que los vivos. También los vivos eran despiezados y vendidos al peso en un saco. De igual manera el comerciante hacía una pregunta a quién los comproba, les decía ¿Cómo lo cocinará? Y las gentes le respondían "Lo prepararé con ajo y vinagre" o "Haré un guisado para la boda de mi hija y la cabeza le dará gusto a una sopa de pan" o "Lo freiré con unas ramitas de tomillo y un poco de patata".
Para su negocio el hombre tenía que comprar niños, vivos o muertos. Como en los casos anteriores, le hacía una pregunta a quien acudía a vendérselo. A quienes llevaban al niño vivo les preguntaba ¿Por qué lo quiere usted vender? Y las gentes le respondían "Porque no tengo cómo alimentarlo" o "Nació tonto y no sabe andar todavía" o "Este niño no me duerme" o "Este niño no me come". A quienes llevaban el niño muerto les preguntaba ¿Cómo ocurrió? Y las gentes le respondían "Me estuvo ayudando en el campo, se fue a dormir y cuando se hizo de día estaba muerto de cansancio" o "Lo pillaron robando y lo mataron a palos" o "El muy idiota cayó al pozo".
El comerciante compraba a los niños por pocas monedas y los vendía por algunas más, se quedaba con un margen suficiente para gastárselo por la noche en vino.
Al menos así lo hacía al principio. Pero un verano, cuando el sol se había puesto y la feria cerraba hasta el día siguiente y se dirigía a la taberna para invertir las ganancias en jarras de vino amargo contempló la siguiente escena. Una madre con sus dos niños subía por unos escalones empinados hasta su casa, más arriba. Los niños iban delante, jugando, empujándose hasta que uno de ellos resbaló y calló al suelo de cabeza. Por el ruido y la postura en la que quedó el cuerpo del niño se notaba que se había partido el cuello. La madre y el otro niño bajaron a prisa para verlo. La madre se agachó, cogió su cabeza con una mano y puso su oreja en la nariz del chiquillo mientras su cabeza bailaba libremente en la mano. Después la madre dejó caer la cabeza al suelo, se levantó y se dirigió a las escaleras para subirlas de nuevo. El otro chico se arrodilló al lado del cuerpo y le empujaba, le gritaba "Vamos. Vamos. Despierta. Vamos" mientras lloraba. La madre, desde algunos escalones arriba le gritó "Déjalo y ven para acá. No hay nada que hacer. Lo has matado". El niño se levantó y siguió a la mujer hasta arriba.
Cuando la mujer y el niño desaparecieron de la vista, el comerciante salió de las sombras desde donde contempló la escena y se acercó al cadáver. En su cinturón llevaba atado un saco vacío y metió al niño en él. Antes de ir a la taberna volvió a la choza donde amontonaba a los crios y echó al niño muerto encima de los otros que tampoco respiraban. Aquel niño le sería todo beneficios. Se anudó de nuevo el saco vacío al cinturón por si hubiera más suerte y encontrara otra desgracia de la que aprovecharse y se dirigió a la taberna a humecer el estómago.
Desde aquella noche y hasta el final de la feria y más tarde en las otras ferias por las que pasaba, el comerciante iba de noche con un saco vacío a dar una vuelta por la ciudad antes de pasar a la tarberna de turno. Pero como no encontraba niños muertos y lo de aquella vez fue un simple golpe de suerte decidió empezar a robarlos. Pero no robaría todos los niños que encontrase, solo cogería a aquellos que se portaran mal, los que no obedecieran, los que no comieran, los que fueran tontos y no hablaran o no andubieran y los que no durmieran. Se colaba en las casas, se quedaba en los rincones oscuros y observaba sin hacer ruido. Si el niño no quería cenar, esperaba agazapado y cuando nadie más lo veía iba a por él y lo metía en el saco. Si el niño tenía la mirada desviada y solo balbuceaba a una edad tardía, también esperaba y lo metía en el saco. Si el niño no dormía y tenía los ojos abiertos en la cama, aguardaba el momento y se abalanzaba sobre él y lo metía en el saco. Escapaba rápido por la ventana y las familias de los niños no los echaban de menos. Muchas noches el comerciante se iba con las manos vacías, otras atrapaba un niño, las noches de más suerte atrabapa a dos.
Como con los niños robados solo sacaba benefios podía permitirse pagar el vino más caro de cada taberna. Así fue como comenzó a llevar su negocio. Robaba niños, los vendía y bebía vino caro. Esa fue su nueva vida y es la que sigue llevando hasta hoy. Sale por las noches, se oculta en los rincones oscuros de las casas y observa. Si es uno de sus niños, lo coge, lo mete en el saco y sale por la ventana. Dicen que cada vez que bebe vino caro rejuvenece un poco y es por eso por lo que se ha hecho inmortal. Cada noche sale a robar más niños para venderlos, conseguir más dinero y seguir bebiendo vino caro.
Y ahora a dormir, dijo el padre. Se levantó de la silla, la colocó de nuevo en el escritorio, se acercó a su hijo y le dio un beso en la frente, le deseó buenas noches, salió de la habitación y cerró la puerta. Aquella noche el niño no pudo dormir un solo minuto pero cerró los ojos y disimuló que dormía hasta que sonó el despertador, aliviado.
Había una vez, dijo, hace muchos años, allá por la Edad Media, una importante ciudad que cada año, en la primera semana de verano, celebraba un mercado que atraía a comerciantes de todos los sitios y curiosos de los lugares más cercanos. Cada año, al lado de la muralla se extendían los puestos donde los vendedores mostraban sus mercancías y saldaban acuerdos a cambio de unas monedas. Vendían ovejas y burros, bueyes y gallinas, cerdos y cabras. Vendían lana, quesos, especias, licores y frutos dulces. El ambiente de la feria también atraía a bufones que engañaban a las gentes con juegos de manos trucados, hacían perder unas pocas monedas a los ilusos que decidían jugar. Otros proponían desafíos físicos que ponían a prueba a los hombres se acercaban por allí, les hacían pagar por intentar subir un enorme tronco resbaladizo con algunos jugosos premios en la otra punta y que raramente alguien conseguía.
Muchos de los que paseaban por la feria compraban, otros solo miraban, pero todos se contagiaban del buen ambiente que allí había. Se escuchaban risas y canciones durante todas las horas de feria. Solo a veces algún rufián de palmo y medio de estatura salía corriendo con algo entre sus manos que no había pagado. Al lado de una de las torres de la muralla se situaba siempre el puesto del vendedor de niños. El puesto lo llevaba un hombre bastante viejo.
Aquel hombre, todavía de gran cuerpo pero de paso torpe y movimientos lentos, tenía a sus niños metidos en jaulas. Las más pequeñas contenían nada más que a un niño, mientras que las más grandes podían acoger hasta seis o siete niños, que permanecían apretujados. Los mantenía a base de abundante pan y agua. Cada jaula tenía un cubo donde hacían sus necesidades y que el hombre cambiaba cada mucho tiempo. De vez en cuando les echaba otro valde de agua por encima para limpiarlos un poco. En una de las jaulas del fondo se amontonaban los niños muertos.
La gente se acercaba a su puesto y miraba. Si alguien pedía un niño el hombre simpre preguntaba ¿Para qué lo quiere? Y las gentes le respondían "Quiero un niño para que me ayude con el arado, se murió la mula la semana pasada y no tengo dinero suficiente para un animal" o "Necesito una niña para la taberna, que fregue los suelos y las jarras sucias" o "Maté a mi hijo de una paliza cuando rompió el mango de la maza y necesito a otro que me ayude en la herrería".
El hombre también vendía a los niños como comida. Quien quisiera uno podía elegirlo y allí mismo, delante de todos, ponía su cabeza sobre la piedra y con el cuchillo grande lo decapitaba y despiezaba, lo metía en un saco y lo vendía al peso. Los niños muertos eran más baratos y tenían más éxito para comida que los vivos. También los vivos eran despiezados y vendidos al peso en un saco. De igual manera el comerciante hacía una pregunta a quién los comproba, les decía ¿Cómo lo cocinará? Y las gentes le respondían "Lo prepararé con ajo y vinagre" o "Haré un guisado para la boda de mi hija y la cabeza le dará gusto a una sopa de pan" o "Lo freiré con unas ramitas de tomillo y un poco de patata".
Para su negocio el hombre tenía que comprar niños, vivos o muertos. Como en los casos anteriores, le hacía una pregunta a quien acudía a vendérselo. A quienes llevaban al niño vivo les preguntaba ¿Por qué lo quiere usted vender? Y las gentes le respondían "Porque no tengo cómo alimentarlo" o "Nació tonto y no sabe andar todavía" o "Este niño no me duerme" o "Este niño no me come". A quienes llevaban el niño muerto les preguntaba ¿Cómo ocurrió? Y las gentes le respondían "Me estuvo ayudando en el campo, se fue a dormir y cuando se hizo de día estaba muerto de cansancio" o "Lo pillaron robando y lo mataron a palos" o "El muy idiota cayó al pozo".
El comerciante compraba a los niños por pocas monedas y los vendía por algunas más, se quedaba con un margen suficiente para gastárselo por la noche en vino.
Al menos así lo hacía al principio. Pero un verano, cuando el sol se había puesto y la feria cerraba hasta el día siguiente y se dirigía a la taberna para invertir las ganancias en jarras de vino amargo contempló la siguiente escena. Una madre con sus dos niños subía por unos escalones empinados hasta su casa, más arriba. Los niños iban delante, jugando, empujándose hasta que uno de ellos resbaló y calló al suelo de cabeza. Por el ruido y la postura en la que quedó el cuerpo del niño se notaba que se había partido el cuello. La madre y el otro niño bajaron a prisa para verlo. La madre se agachó, cogió su cabeza con una mano y puso su oreja en la nariz del chiquillo mientras su cabeza bailaba libremente en la mano. Después la madre dejó caer la cabeza al suelo, se levantó y se dirigió a las escaleras para subirlas de nuevo. El otro chico se arrodilló al lado del cuerpo y le empujaba, le gritaba "Vamos. Vamos. Despierta. Vamos" mientras lloraba. La madre, desde algunos escalones arriba le gritó "Déjalo y ven para acá. No hay nada que hacer. Lo has matado". El niño se levantó y siguió a la mujer hasta arriba.
Cuando la mujer y el niño desaparecieron de la vista, el comerciante salió de las sombras desde donde contempló la escena y se acercó al cadáver. En su cinturón llevaba atado un saco vacío y metió al niño en él. Antes de ir a la taberna volvió a la choza donde amontonaba a los crios y echó al niño muerto encima de los otros que tampoco respiraban. Aquel niño le sería todo beneficios. Se anudó de nuevo el saco vacío al cinturón por si hubiera más suerte y encontrara otra desgracia de la que aprovecharse y se dirigió a la taberna a humecer el estómago.
Desde aquella noche y hasta el final de la feria y más tarde en las otras ferias por las que pasaba, el comerciante iba de noche con un saco vacío a dar una vuelta por la ciudad antes de pasar a la tarberna de turno. Pero como no encontraba niños muertos y lo de aquella vez fue un simple golpe de suerte decidió empezar a robarlos. Pero no robaría todos los niños que encontrase, solo cogería a aquellos que se portaran mal, los que no obedecieran, los que no comieran, los que fueran tontos y no hablaran o no andubieran y los que no durmieran. Se colaba en las casas, se quedaba en los rincones oscuros y observaba sin hacer ruido. Si el niño no quería cenar, esperaba agazapado y cuando nadie más lo veía iba a por él y lo metía en el saco. Si el niño tenía la mirada desviada y solo balbuceaba a una edad tardía, también esperaba y lo metía en el saco. Si el niño no dormía y tenía los ojos abiertos en la cama, aguardaba el momento y se abalanzaba sobre él y lo metía en el saco. Escapaba rápido por la ventana y las familias de los niños no los echaban de menos. Muchas noches el comerciante se iba con las manos vacías, otras atrapaba un niño, las noches de más suerte atrabapa a dos.
Como con los niños robados solo sacaba benefios podía permitirse pagar el vino más caro de cada taberna. Así fue como comenzó a llevar su negocio. Robaba niños, los vendía y bebía vino caro. Esa fue su nueva vida y es la que sigue llevando hasta hoy. Sale por las noches, se oculta en los rincones oscuros de las casas y observa. Si es uno de sus niños, lo coge, lo mete en el saco y sale por la ventana. Dicen que cada vez que bebe vino caro rejuvenece un poco y es por eso por lo que se ha hecho inmortal. Cada noche sale a robar más niños para venderlos, conseguir más dinero y seguir bebiendo vino caro.
Y ahora a dormir, dijo el padre. Se levantó de la silla, la colocó de nuevo en el escritorio, se acercó a su hijo y le dio un beso en la frente, le deseó buenas noches, salió de la habitación y cerró la puerta. Aquella noche el niño no pudo dormir un solo minuto pero cerró los ojos y disimuló que dormía hasta que sonó el despertador, aliviado.
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