¡¡ ATENCIÓN !!
Relato no tan corto
Relato no tan corto
En cuanto miré el diario abierto y crucé ese umbral, no pude volver atrás. Vi que el tema de la anotación de aquel día era yo. La triste Sonia debía resumir todos sus días en aquel libro de hojas en blanco y tapa dura; escribía apretujando todas las letras y líneas con bolígrafo de tinta azul. No había tachaduras ni correcciones ni los dibujos típicos que suelen hacer las adolescentes en los márgenes de las hojas. Era una escritura impoluta, con letra clara, pequeña pero perfectamente inteligible. Dejaba poco espacio en los márgenes y apuraba cada linea casi obsesivamente hasta el final de la hoja. Ya había visto con anterioridad esta costumbre suya de ocupar toda la hoja y se lo había comentado. «Es una técnica que solo los zurdos podemos perfeccionar» fue su justificación.
Si un grafólogo estudiara su forma de escribir diría que era una chica introvertida e insegura por su letra pequeña; y acertaría. Destacaría también su constancia y su carácter templado por la rectitud de sus lineas; y también acertaría. Como acertaría de igual manera si no viera cierto aire soñador en ella al evitar las letras en cursiva y mantenerlas todas rectas. El uso de esas letras pequeñas sumado a las lineas demasiado pegadas unas con otras y su «técnica» de no dejar márgenes mostraban a una chica tacaña y codiciosa; este aspecto último, sin embargo, no lo conocía en ella. Pero como la grafología no deja de ser palabrería sin mucho sentido, pasaremos todo esto por alto.
Vago, pelele, inútil, cobarde, abyecto. Son los piropos que me dedicó en la última página de su diario, la que leí. Reconozco que me quedé petrificado al leer aquello, pues no había notado en ella tal adversidad hacia mí. Conmigo siempre se mostraba atenta, amable, condescendiente incluso.
Oí que subían por las escaleras y salí al pasillo. Era Sonia, cabizbaja y pálida.
—He subido a buscarte ¿nos vamos ya?
—Sí —dijo levantando la cabeza y devolviéndome una sonrisa—. Me cambio ahora mismo.
—Te espero abajo.
Se metió en su cuarto y bajé despacio las escaleras. Me sonrió. Para ella era un pelele pero me sonrió. Era un cobarde pero me habló con amabilidad, supongo que muy bien fingida. Era de lo más despreciable pero vino conmigo en coche hasta el desguace a buscar un motor de lavadora que funcionara.
Le dejé que pusiera su música durante el trayecto en coche y nuestra conversación fue mínima. Ella hablaba poco y yo nunca sabía qué tema sacar. Decidí estudiarla con el rabillo del ojo. Se sentó cómoda, todo lo cómoda que se puede ir en un coche con el cinturón puesto, tarareaba las canciones que estaba harto de escuchar una y otra vez en casa y movía la mano derecha al ritmo. Estaba concentrada en la música así que decidí concentrarme yo en la carretera.
De vuelta a casa y con un motor de segunda mano dispuesto a ser instalado, Sonia se fue a su cuarto, cerró la puerta y continuó escuchando esa pegajosa música pop-melódica que le había dado por oír últimamente.
«¿Continuaría escribiendo en su diario?» No paré de repetirme esta pregunta mientras desarmaba la parte de atrás de la lavadora y cambiaba el motor roto por el del desguace. «¿Ampliaría su lista de sinónimos?». Solo había una forma de averiguarlo y ésa era volver a leer su diario. Ver lo último que había escrito y lo anterior para saber de dónde venían esos desprecios.
Es cierto que la mejor manera de saber qué le pasa a tu hijastra no es cotillear en su diario cuando no está en casa. Debería sentarme con ella, frente a frente y preguntárselo directamente. Pero ¿qué le preguntaría? «Sonia ¿qué te ocurre conmigo?» y me respondería «A mí, nada ¿por qué debería pasarme algo?», entonces me quedaría sin saber responder y tendría que confesar «Es que leí el otro día tu diario, el sábado que fuimos al desguace, y escribiste cosas muy feas de mí». Ella se enfadaría, con toda su razón, por ir por ahí leyendo los diarios privados de la gente y se lo diría a su madre que, igualmente, se enfadaría conmigo y de ahí a saber cómo acabaría aquello.
No podía hablar con ella directamente y la única manera de despejar mis dudas era esperar a que ella estuviera fuera de casa. Bueno, y Olga, su madre, también debería estar ausente cuando leyera el diario. El momento fue fácil encontrarlo: al lunes siguiente Sonia saldría para el instituto con Olga y media hora después saldría yo para ir al trabajo. En esa media hora debía buscar su diario y leer lo que pudiera. Y lo más importante: dejar todo como estaba para no levantar sospechas.
* * *
El domingo se me hizo eterno y no conseguía quitarme el tema de la cabeza. Hacía otras cosas, pensaba en otras cosas, pero siempre volvía al pensamiento las palabras tan negativas que la triste Sonia me dedicaba. Por la tarde intenté hacer un ejercicio de autocrítica, ver qué podía haber hecho yo mal, en qué momento mi trato a Olga, su madre, le pudo haber molestado, si tuve alguna mala palabra con Sonia en algún momento de tensión... pero no encontré nada en mi memoria. Cuando a las cosas no les das importancia las olvidas pero ¿sería posible que sin querer dijera algo que para mí pasara inadvertido pero a ella se le quedara grabado? ¿Alguna respuesta con una entonación incorrecta, seca, cortante que la intimidase? Por más que intentara hacer memoria todas las respuestas me llevaban al diario como única fuente donde encontrar las respuestas.Desde que conocí a Sonia siempre la había visto triste. Me la presentó su madre hará ocho años. Después nos casamos y me fui a a vivir con ellas dos. Por aquella época debían haber pasado unos tres años y medio que vivíamos los tres juntos. Siempre había sido una chica retraída, volcada hacia dentro, nunca expresaba malestar y pocas veces la veía reírse de verdad. Cuando lo hacía, me emocionaba al verla, su sonrisa era tan sincera y su carcajada tan natural que podía ver en ella la humanidad que por alguna razón se encargaba de ocultar. A sus diecisiete años yo consideraba que debería ser una chica más despierta de lo que era.
Al principio le conté a Olga mi preocupación por Sonia pero ella no le daba importancia. «Cada cual tenemos nuestro carácter» me dijo; «Ella es introvertida, tímida, le cuesta socializarse. Ya se lo he dicho yo muchas veces pero el carácter no es algo que se pueda cambiar de un día para otro. El ser humano está acostumbrado a hacer lo que ha seguido haciendo hasta el momento, le cuesta cambiar sus hábitos y su forma de ser. Sonia no es diferente. Tarde o temprano romperá con ella misma y se forjará un nuevo carácter. Hasta ahora lo ha tenido todo y se le ha dado todo hecho pero de aquí a un año debe tomar algunas decisiones importantes en su vida: tiene que decidir qué quiere estudiar, tiene que buscarse una universidad y si se va lejos tendrá que buscar también un lugar donde vivir; esto para empezar. Luego querrá tener su propio dinero y se buscará un trabajo de cualquier cosa hasta que termine de estudiar. Es una chica inteligente, le costará un mundo hacer todas estas cosas pero lo conseguirá».
Es cierto que Sonia era una chica inteligente, en lo que a los estudios se refería. Pero existe una parte importante de la inteligencia que se apoya sobre una de las patas que le faltaba a Sonia, y esa pata eran sus aptitudes sociales. La triste Sonia debía tener un mundo interior grande, inmenso. Parte de la tristeza que mostraba tal vez fuera un error de lectura. Siempre iba con la cabeza mirando el suelo, seria. Pero por dentro, en su cabecita, estaría concentrada pensando en algo, analizando alguna materia, manteniendo algún debate interesante con ella misma. ¿De qué? ¿ Sobre qué? Era algo que solo ella sabía. Tal vez usara su diario para plasmar sus mejores ideas, sus grandes miedos, las inseguridades que intentaba ocultar...
Definitivamente tenía que leer ese diario.
* * *
El lunes me desperté cinco minutos antes de que sonara el despertador y esperé acurrucado en mi lado de la cama a que sonara. Me afeité y me duché mientras Olga aún se desperezaba. Se metió en la ducha cuando fui a la cocina a preparar el desayuno. Sonia ya estaba despierta, se escuchaban movimientos en el interior de su cuarto. Desayunamos los tres juntos, como hacíamos siempre y después Olga se marchó en el coche con Sonia, la dejó en el instituto y fue para su trabajo, como siempre. Yo solía quedarme unos quince minutos hojeando el periódico y después cogía el coche para ir al trabajo. Antes de entrar en la oficina pasaba a una cafetería y me tomaba un segundo café, coincidía con algunos compañeros, hablábamos un rato e íbamos juntos para la oficina. Aquel día me saltaría el segundo café y aprovecharía esos quince minutos para seguir en casa leyendo el diario.Cuando vi el coche arrancar desde la ventana del salón, subí a la planta de arriba y entré en la habitación de la triste Sonia. Había dejado su cama hecha, la ventana medio abierta para airear el cuarto y todo estaba bien colocado. En su escritorio se encontraba la pantalla apagada del ordenador, un bote con algunos bolígrafos y lápices y un montón de hojas en blanco. Del diario no había rastro. Las estanterías estaban repletas de sus libros. Miré los lomos uno a uno por si escondiera el diario entre todos aquellos libros y así consiguiera hacerlo invisible. Hice dos pasadas y no lo encontré. Volví a echar un vistazo a la habitación. No me había fijado en el cajón del escritorio. Me acerqué a él y tiré pero no pude abrirlo. Estaba cerrado con llave.
Era una chica precavida. Debería encontrar otro momento en el que Sonia estuviera en casa para acceder al cajón. Lo difícil era sacarla de aquella habitación en la que pasaba horas estudiando, mirando Internet y escribiendo en el susodicho diario. Dado por vencido cogí el periódico para leerlo en la oficina y me marché en el coche. Llegaría a tiempo para tomarme el segundo café.
* * *
Sin quererlo me obsesioné con las palabras con las que me describía en el diario y la actitud contrariamente benévola de ella hacia mí. Empecé a distorsionar la concepción que tenía de Sonia. La empecé a ver como una chica perversa que conspiraba contra mí en su enfermizo silencio. Me daba buena cara, pero tendría unos planes fatales para mí. Esperaría acurrucada y cuando viera el momento idóneo me atacaría de sorpresa. Yo estudiaba sus movimientos y sus gestos. Hacía fuerza para intentar ver sus verdaderas intenciones a través de sus ojos. Me asustaba cuando coincidíamos en el pasillo o se sentaba silenciosa en la mesa mientras preparaba el desayuno. En esos momentos sabía que tenía la oportunidad de subir y abrir el cajón del escritorio pero, sin embargo, no tenía el tiempo suficiente ni la excusa pertinente para ir a la planta de arriba.Tres días más tarde Olga me dio la solución.
Durante la cena me dijo:
―Mañana tienes que llevar tú a Sonia al instituto. Tengo que estar una hora antes en la oficina para cerrar el mes. ¿No te importa, verdad, cariño? ―dijo preguntando esto último a Sonia.
―No mamá. Julio me llevará bien.
―Siento hacerte ir pronto a trabajar ―dijo mirándome a mí.
―No importa ―respondí, aunque en ese momento sí que me importaba.
A la mañana siguiente Olga se despertó antes que yo, desayunó y se marchó. Yo, como de costumbre, me afeité, me duché y preparé el desayuno, esta vez para dos.
Cuando terminamos Sonia subió a su cuarto a por la mochila mientras yo salí al coche y fui enciendo el motor. La esperé en el coche. Cuando llegó se sentó y se puso el cinturón. Antes de arrancar miré mi teléfono móvil.
―¡Oh, mierda! Me he quedado sin batería. Voy a por el cargador para enchufarlo en la oficina.
Alargué la mano hacia el frontal del coche, donde siempre dejaba las llaves de casa. Como no estaban allí me metí las manos en los bolsillos del pantalón y me palpé la camisa, pero las llaves no estaban en ningún lado.
―¡Mierda! También se me han olvidado las llaves de casa. Con las prisas de hoy lo hago todo al revés. Sonia, déjame tus llaves ―le pedí. Abrió su mochila, rebuscó en un bolsillo y sacó las llaves.
Como era de esperar tenía en el llavero una llave que no era ni la de la entrada ni la del garaje ni la del buzón. Suponía que era la del cajón del escritorio pero también podría ser de otro sitio y que la llave del escritorio la llevara colgada al cuello, algo que ya había descartado porque no recordaba haberla visto con ningún colgante.
Volví a casa y abrí con sus llaves. Subí corriendo a mi habitación, cogí el cargador del móvil y fui al cuarto de Sonia. Introduje la llave desconocida en la cerradura, la giré y el cajón se abrió. Tiré del cajón y el diario apareció encima de todos los papeles; empujé el cajón para cerrarlo. Saqué la llave de la cerradura sin volver a girarla. No tenía tiempo de leer nada pero cuando llegara a casa esa tarde tendría el cajón abierto y podría leer el diario antes de que ella llegara de la biblioteca. Si Sonia encontraba el cajón de su escritorio abierto se debería a algún despiste suyo.
Al salir de casa cogí mis llaves y al llegar al coche le devolví a Sonia las suyas. Dejé mi cargador y mis llaves en el hueco del frontal donde siempre dejaba las cosas. Arranqué, dejé a la triste en el instituto y fui a la oficina. El segundo café del día sería más largo, haría hora hasta que llegarán los compañeros para subir todos juntos, como siempre.
* * *
Aquel día salí a las tres de la tarde y me dirigí rápido a casa, no tenía tiempo que perder. Al llegar aparqué el coche y entré. Escuché ruidos en la cocina y me dirigí hacia allí.―¡Sonia! ¿Qué haces tan temprano en casa? ¿Has comido ya?
―Sí, estaba recogiendo. No he tenido las dos últimas clases y me he venido para casa. Me marcho ya para la biblioteca.
―¿Se han puesto enfermos tus profesores?
―Uno sí. El otro nos ha dicho que nos fuéramos, que tenía que preparar no sé qué para la reunión de evaluación.
―¡Estos profesores!
Sonia se marchó pero yo ya no tenía nada que hacer. Se me adelantó. Decidí entonces hacerme la comida sin prisas, no tenía nada que hacer en toda la tarde. Cuando terminé y dejé la cocina recogida subí a cambiarme de ropa y a ponerme cómodo. Pasé por delante del cuarto de Sonia, me detuve, volví atrás, abrí la puerta y miré el escritorio. Me acerqué al cajón y tiré de él, solo por probar. Para mi sorpresa, el cajón se abrió. Sí. A Sonia no le habría dado tiempo de haber abierto el cajón. Llegó, escuchó su música, comió y se fue para la biblioteca; en ningún momento llegó a mirar su cajón.
Pero para mi desgracia el diario ya no estaba allí. Se lo había llevado. Sin el diario en el cajón ya no necesitaba cerrarlo. Una vez más el libro se me había escapado de las manos.
Pasé la tarde más nervioso. Buscando e inventando situaciones que me permitieran llegar al diario. Pero llegué a tal sofoco que al final decidí dejarlo pasar. Así de simple. Ella estaba bien conmigo, al menos en mi presencia. Yo estaba bien con ella, aunque es verdad que le había empezado a tomar cierta manía a la chica, pero ésta se despejaba cada vez que hablaba con ella y no veía en su rostro ningún signo de malestar. O sabía fingir y actuar muy bien o aquello que escribió se debió a un pronto que ya se le había pasado. Decidí olvidarme yo también del tema.
* * *
Seguí mi vida normalmente, dejando atrás todas las paranoias. Algunas veces me venían a la mente esas palabras escritas en su diario y la contraria actitud de Sonia conmigo. Volvía a intentar darle justificación, pero no encontraba nada. Tal vez la triste Sonia no pudiera verme ni en pintura y hacía el esfuerzo de llevarse bien conmigo por su madre; la vería feliz y no querría meterse en medio. Sí, esa explicación me calmó. Aunque esa calma me duró solo dos semanas.Una tarde que volvía del trabajo vi a la triste Sonia volviendo también a casa, andando por la acera, a las 3.16 pm. Entonces volvieron de pronto mis viejas obsesiones. Vi que podría llegar a casa antes que ella y podría leer su diario durante dos minutos, antes que llegara. Pero no, no podría hacerlo porque el cajón estaría cerrado y una vez más caería sobre mí la frustración de no saber quién era mi hijastra. No, no quería volver a esos ataques de incertidumbre y atraer a todos los demonios pasados. Miré de frente. Salvo por ella la calle estaba vacía. Miré por el retrovisor y tampoco vi a nadie en esa parte de la calle. Sin pensarlo aceleré y giré a la derecha, me metí en la acera y me llevé por delante a la triste Sonia. Salí del coche y pude coger las llaves sin problemas, pues su cuerpo inerte allí tirado no podía defenderse de ninguna manera. Cogí el coche de nuevo y la dejé tirada en la acera. Llegué a casa, subí al cuarto de la triste y abrí el cajón. Sí. El diario estaba allí. Lo cogí entre mis manos, nervioso, me senté en la cama y lo empecé a leer.
Toda su vida interior estaba allí reflejada, casi de forma minuciosa. No escribía todos los días, como yo imaginaba, si no que lo hacía una o dos veces por semana. En alguna parte ponía que su monótona vida le impedía escribir algo cada día. Busqué el pasaje que vi cuando se dejó el diario abierto. Leí lo de después y lo anterior y no lo pude creer. Sonia, la triste Sonia, la chica callada que no decía nunca nada, que no se quejaba por nada, la que todo en su vida parecía estar bien y, si no era así, no se atrevía a decirlo, estaba enamorada de mí.
Todo en su diario eran cosas buenas hacia mí. Su música pop-melódica le ayuda a sacar todos esos sentimientos que debía ocultar hacia el resto del mundo y se desahogaba llorando encerrada en su cuarto. Me quería. Decía que me amaba. Tan solo un día me dedicaba toda esa sarta de improperios. Ese día, nos descubrió a Olga y a mí haciendo el amor en nuestro cuarto. Fue un ataque de celos. Lo que había en el diario tras ese día volvían a ser cosas buenas. Se arrepentía, ponía en el diario, de haber escrito todo aquello de mí, que lo tacharía y arrancaría la hoja de buena gana pero en ese momento se sentía así y así lo debería dejar, aunque no se sentía orgullosa de ello.
Aquella tarde la recuerdo como la más larga de mi vida. Llamé a una ambulancia y me entregué a la policía. Sonia quedó inconsciente un rato y salvo algunas magulladoras no le pasó nada importante y se recuperó bien en el hospital. Me encerraron en un psiquiátrico. Olga me pidió el divorcio y yo no pude hacer más que firmarlo sin rechistar, no quería hacer más daño a aquella familia.
Aquí me he pasado los tres últimos años, encerrado en el psiquiátrico. Hasta hoy.
* * *
En el manicomio o en el centro de enfermedades mentales o como quieran llamarlo me han hecho multitud de pruebas y de tests, me han dado pastillas de todos los colores habidos y por haber, me han entrevistado infinidad de veces, han intentado provocarme estados de agresividad para encontrar de dónde vino aquél ataque repentino, pero no lo han conseguido. Les expliqué un millón de veces la historia del diario y me han atacado varias veces con ella, sin ver en mis reacciones el resultado que esperaban. Ante esos ataques yo no reaccionaba de ninguna manera, obtuve mi respuesta, la historia del diario la dejé atrás y no existían fantasmas ocultos en mi subconsciente que me atormentaran. No me siento ni mucho menos orgulloso de lo que hice, pero después de tres años de pruebas, hoy por fin me van a dar el alta.Vendrá a recogerme Sonia. La alegre Sonia. Durante todo este tiempo ha estado visitándome a escondidas de su madre y a los médicos no les ha dicho quién es realmente. Durante el tiempo de mi encierro ha surgido nuestro amor, entre visitas y cartas. Olga tenía razón y Sonia por fin rompió con ella misma. Buscó una universidad lejos de su madre y se atrevió a compartir piso con otras dos chicas desconocidas. Aunque el alquiler lo sigue pagando su madre Sonia ha encontrado un empleo como reponedora en un supermercado a media jornada, para cubrir su propios gastos. La triste y aletargada Sonia despertó y se convirtió en una chica resuelta y más parlanchina. Aún le cuesta darse a los demás y no mueve ficha hasta que no conoce bien a quien tiene delante, pero poco a poco va perdiendo el miedo. Habla con sus compañeras de piso, le cuenta sus inquietudes y escucha también las de las otras. Ahora mira al frente, a los ojos. Su seguridad ha aumentado y sonríe mucho más a menudo. Sus ojos incluso muestran un brillo nuevo. Los dos años que lleva fuera de casa le han sentado de maravilla. Aún le quedan algunos más para terminar sus estudios pero hoy, en un rato, cuando yo salga de aquí, me estará esperando fuera y empezaremos una nueva vida.
Este capítulo que estoy terminando de escribir de forma minuciosa, aunque yo lo haga con letra más grande y con espacio libre en los márgenes, será el primero de nuestro nuevo diario en común.
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El lector, perdido y desorientado, llegó hasta aquí y dijo: