Se agachó y cogió la cabeza. Era humana. No sabía distinguir de qué bando sería aquel soldado, estaba medio consumida, los ojos ya no tenían párpados y miraban fijos al infinito; en los pómulos, en cambio, se dejaba ver ya el hueso. Cogió la cabeza por los pelos y la metió en un saco vacío. Volvió a su caballo y montó en él. Se colocó la capucha e hizo al animal ir al paso mientras miraba hacia el suelo en todas direcciones, buscando algo.
Salió de la arboleda y quedó visible en la explanada, bajo el sol. Frente a él aparecía la baja colina con su monasterio encima. Fue despacio hacia allí arriba, obligó a su caballo a ir a paso ralentizado, como si el sol supusiera una carga extra.
El monje, medio dormido, recordaba los acontecimientos de los últimos tiempos. Les vino la guerra de repente y como clérigos no pudieron más que acoger en su monasterio a unos soldados y a otros. Los curaban y les daban de comer. Y tal como vino, la guerra fue hacia otro lado, se alejaron y no tuvieron más huéspedes. Los nuevos dueños de las tierras quitaron al monasterio parte de sus posesiones, de tal manera que el Padre Prior no tuvo más remedio que aceptar que redujeran a una quinta parte los terrenos del monasterio si querían seguir buscando a Dios en paz, de lo contrario arrasarían con él y con toda alma que hubiera dentro.
No hubo negociaciones, el nuevo conde les dejó la peor parte del terreno: la de la explanada de tierra donde solo crecían yerbajos y un poco más allá un bosque tan pequeño que no merecía siquiera ese nombre, pues solo eran unos cuantos árboles agrupados entre los que crecían unas bayas muy apetitosas, pero que, sin embargo, resultaron ser venenosas. No había ciervos, ni conejos ni aves que cazar, a menos que se extraviaran y llegaran a su terreno.
Llegó a la puerta del monasterio y se quitó la capucha. El sol le quemaba la coronilla pero en la casa de Dios se debe entrar con el rostro y la cabeza descubiertos. Uno de sus hermanos, que se encontraba trabajando la huerta, miró el saco y luego a él con ojos abiertos y la boca a medio cerrar, emocionado, preguntándole algo sin decir palabra. No podía hablar, no por ser mudo o por carecer de lengua, sino por el voto de silencio absoluto entre los muros del monasterio que todos los monjes habían hecho.
Mientras se dirigía a los establos hizo esquivar a su caballo un par de pollitos nacidos hace cuatro días que revoloteaban sueltos, no deseaba matarlos accidentalmente ahora, debían crecer y alimentarle a él y a sus doce hambrientos hermanos. En el camino el resto de monjes que pululaban por los patios se quedaban parados y lo seguían expectantes con la mirada.
Dejó al caballo en su cuadra y se dirigió a las cocinas. Allí el hermano cocinero preparaba algún caldo en la olla grande. Se giró a mirarlo. Él puso el saco sobre la mesa, lo abrió y sacó la cabeza. El hermano cocinero primero observó la cabeza asustado, creyendo que era una broma de mal gusto, luego lo comprendió y le echó una mirada furiosa, reprendiéndole. Él, sujetando aún la cabeza, lo miró serio con los dientes apretados y se fue poniendo colorado. Al final habló:
—Al menos le daría algo de sabor a la sopa. Todos estamos cansados de tus insípidas sopas de verduras —dijo enfadado y, cuando terminó, agachó la cabeza, arrepentido.
Rompió su voto de silencio. Había pecado.
Salió de la arboleda y quedó visible en la explanada, bajo el sol. Frente a él aparecía la baja colina con su monasterio encima. Fue despacio hacia allí arriba, obligó a su caballo a ir a paso ralentizado, como si el sol supusiera una carga extra.
El monje, medio dormido, recordaba los acontecimientos de los últimos tiempos. Les vino la guerra de repente y como clérigos no pudieron más que acoger en su monasterio a unos soldados y a otros. Los curaban y les daban de comer. Y tal como vino, la guerra fue hacia otro lado, se alejaron y no tuvieron más huéspedes. Los nuevos dueños de las tierras quitaron al monasterio parte de sus posesiones, de tal manera que el Padre Prior no tuvo más remedio que aceptar que redujeran a una quinta parte los terrenos del monasterio si querían seguir buscando a Dios en paz, de lo contrario arrasarían con él y con toda alma que hubiera dentro.
No hubo negociaciones, el nuevo conde les dejó la peor parte del terreno: la de la explanada de tierra donde solo crecían yerbajos y un poco más allá un bosque tan pequeño que no merecía siquiera ese nombre, pues solo eran unos cuantos árboles agrupados entre los que crecían unas bayas muy apetitosas, pero que, sin embargo, resultaron ser venenosas. No había ciervos, ni conejos ni aves que cazar, a menos que se extraviaran y llegaran a su terreno.
Llegó a la puerta del monasterio y se quitó la capucha. El sol le quemaba la coronilla pero en la casa de Dios se debe entrar con el rostro y la cabeza descubiertos. Uno de sus hermanos, que se encontraba trabajando la huerta, miró el saco y luego a él con ojos abiertos y la boca a medio cerrar, emocionado, preguntándole algo sin decir palabra. No podía hablar, no por ser mudo o por carecer de lengua, sino por el voto de silencio absoluto entre los muros del monasterio que todos los monjes habían hecho.
Mientras se dirigía a los establos hizo esquivar a su caballo un par de pollitos nacidos hace cuatro días que revoloteaban sueltos, no deseaba matarlos accidentalmente ahora, debían crecer y alimentarle a él y a sus doce hambrientos hermanos. En el camino el resto de monjes que pululaban por los patios se quedaban parados y lo seguían expectantes con la mirada.
Dejó al caballo en su cuadra y se dirigió a las cocinas. Allí el hermano cocinero preparaba algún caldo en la olla grande. Se giró a mirarlo. Él puso el saco sobre la mesa, lo abrió y sacó la cabeza. El hermano cocinero primero observó la cabeza asustado, creyendo que era una broma de mal gusto, luego lo comprendió y le echó una mirada furiosa, reprendiéndole. Él, sujetando aún la cabeza, lo miró serio con los dientes apretados y se fue poniendo colorado. Al final habló:
—Al menos le daría algo de sabor a la sopa. Todos estamos cansados de tus insípidas sopas de verduras —dijo enfadado y, cuando terminó, agachó la cabeza, arrepentido.
Rompió su voto de silencio. Había pecado.
1 comentarios:
Debería haber sido la cabeza del conde.
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