—No digas tonterías, hay que ser muy bobo como para creerse esas cosas todavía.
—No son tonterías, son creencias que llevan entre nosotros desde los tiempos antiguos y somos muchos sus seguidores. No puedes llegar tú ahora y echarlo todo por tierra y decir simplemente que no te lo crees. Las cosas no funcionan así, no son tan simples, es un don tener la mente más abierta e intentar ver más allá de tus sentidos, que no hacen más que enviar señales erróneas a tu cerebro, para que luego él las recoja y las interprete como le dé la gana.
—No me convences ¿sabes? A mí me parece que esas creencias no son más que supersticiones. Como cuando rompes un espejo y tienes 61 astrotempos de mala suerte o cuando te cruzas con un herotauro de manchas blancas y crees que el día te será desfavorable desde ese momento. Son cuentos de niños en los que aún creen los mayores.
—Tan solo hace falta esperar nuestro momento. Entonces comprobarás la existencia del infierno porque irás directo a él.
—Y me quemaré eternamente entre sus llamas.
—No seas idiota, ésa es la definición que se les da a los niños del infierno, una explicación simple para que lo vayan entendiendo. Tan simple como tu cerebro.
—¿Y cómo es, entonces, ese infierno?
—Es una tierra inhóspita donde la oscuridad se presenta a cada momento y tus sentidos se vuelven inútiles. Hay fuego, por supuesto, pero no arden allí las personas, si no que se aparece sobre sus cultivos alimentarios y los destroza, dejándoles sin nada que comer o bien se abren agujeros en el suelo donde explota el fuego ardiente y quema ciudades enteras a su alrededor. También hay movimientos de suelo para destruir sus moradas y chaparrones de lluvia que arrasan con todos los poblados. Los demonios de allí les hacen pasarlo mal durante eternidades, les obligan a trabajar duramente para que lleguen a sus lechos exhaustos y les engañan continuamente sobre su libertad y vuelta al paraíso, del que no son dignos. A veces los demonios les pellizcan ininterrumpidamente y no pueden hacer nada debido a su agotamiento, los señalan y se ríen de ellos. Son torturados una y otra vez, los vuelven locos para que no puedan dormir, los agravian para inducirlos a un suicidio que no les dará una nueva muerte y los azuzan para que luchen unos con otros y creen guerras entre pueblos que no hará más que diezmarlos a todos. Un horror que se repetirá una y otra vez y durará por los tiempos de los tiempos y jamás encontrará fin.
—Pues yo sigo sin creerme que exista un lugar así.
—No son tonterías, son creencias que llevan entre nosotros desde los tiempos antiguos y somos muchos sus seguidores. No puedes llegar tú ahora y echarlo todo por tierra y decir simplemente que no te lo crees. Las cosas no funcionan así, no son tan simples, es un don tener la mente más abierta e intentar ver más allá de tus sentidos, que no hacen más que enviar señales erróneas a tu cerebro, para que luego él las recoja y las interprete como le dé la gana.
—No me convences ¿sabes? A mí me parece que esas creencias no son más que supersticiones. Como cuando rompes un espejo y tienes 61 astrotempos de mala suerte o cuando te cruzas con un herotauro de manchas blancas y crees que el día te será desfavorable desde ese momento. Son cuentos de niños en los que aún creen los mayores.
—Tan solo hace falta esperar nuestro momento. Entonces comprobarás la existencia del infierno porque irás directo a él.
—Y me quemaré eternamente entre sus llamas.
—No seas idiota, ésa es la definición que se les da a los niños del infierno, una explicación simple para que lo vayan entendiendo. Tan simple como tu cerebro.
—¿Y cómo es, entonces, ese infierno?
—Es una tierra inhóspita donde la oscuridad se presenta a cada momento y tus sentidos se vuelven inútiles. Hay fuego, por supuesto, pero no arden allí las personas, si no que se aparece sobre sus cultivos alimentarios y los destroza, dejándoles sin nada que comer o bien se abren agujeros en el suelo donde explota el fuego ardiente y quema ciudades enteras a su alrededor. También hay movimientos de suelo para destruir sus moradas y chaparrones de lluvia que arrasan con todos los poblados. Los demonios de allí les hacen pasarlo mal durante eternidades, les obligan a trabajar duramente para que lleguen a sus lechos exhaustos y les engañan continuamente sobre su libertad y vuelta al paraíso, del que no son dignos. A veces los demonios les pellizcan ininterrumpidamente y no pueden hacer nada debido a su agotamiento, los señalan y se ríen de ellos. Son torturados una y otra vez, los vuelven locos para que no puedan dormir, los agravian para inducirlos a un suicidio que no les dará una nueva muerte y los azuzan para que luchen unos con otros y creen guerras entre pueblos que no hará más que diezmarlos a todos. Un horror que se repetirá una y otra vez y durará por los tiempos de los tiempos y jamás encontrará fin.
—Pues yo sigo sin creerme que exista un lugar así.
1 comentarios:
je je je.
Gran frase final
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El lector, perdido y desorientado, llegó hasta aquí y dijo: