martes 31 de mayo de 2011

Fuga antes de dormir

Estaba en el sillón leyendo. Mejor dicho, releyendo Fuga antes de dormir, uno de sus libros favoritos. Había leído todos los libros de Sam Peckter pero éste sin duda lo consideraba el mejor de todos.

Sonó el teléfono.

Se levantó y con voz enfadada preguntó "¿Quién?". Nadie respondió, colgó bruscamente el auricular y volvió a su butaca. Abrió el libro y continuó leyendo.

Se había interrumpido en el momento en el que el general Statter daba la orden de ir a buscar a los futuros fugados. Tenía un soplón entre ellos y le había dado todos los detalles de quiénes, cuándo y por dónde tenían prevista la fuga. El soldado Spiney debía ocuparse de, tal vez, el prisionero más peligroso. Se trataba de un hombre de mediana edad, de buena familia y con la suficiente influencia sobre el general Statter como para haber conseguido ciertos privilegios. Así pues, una de las celdas comunes donde normalmente encerraban a unas diez personas fue acondicionada para él: cama, alfombras, un pequeño sofá y un par de butacas, cuadros... así como poder salir al patio a horas distintas de las del resto de presos.

Llamaron a la puerta.

Volvió a interrumpir su lectura de mal humor y se levantó para ver quién le molestaba, aún era pronto para servir la cena.

El pasaje por el que se había interrumpido esta vez era en el que el soldado Spiney en vez de ir directamente a la celda de su preso comprobaba antes si estaba dando un paseo por el patio. Para esto y para no hacer esfuerzo, aprovechaba uno de los privilegios del preso: cogía el teléfono y lo llamaba a su celda. "¿Quién?", preguntaba una voz enfadada. El soldado Spiney no respondía y el preso colgaba el auricular bruscamente. El preso no estaba dando el paseo, así que el soldado Spiney se dirigía a su celda y, preparado para detenerle, llamaba a su puerta.

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