Llueve en la ciudad. Solo son las nueve de la noche y la oscuridad acaba de cubrir el cielo pero ya no queda nadie por las calles. Están en sus casas, acomodados, viendo la televisión, preparando una rica cena o leyendo un libro. Tampoco los coches circulan y mucho menos motos o bicicletas. Las aceras están vacías, se han apresurado para meter todos los vehículos en los garajes. Solo algunos permanecen a la intemperie recibiendo su ducha.
El paisaje urbano aparece derretido entre las gotas. Pero no hay nadie para verlo.
No es una lluvia fuerte, aunque las gotas son grandes. Las alcantarillas asimilan bien el agua que les llega a través que los pequeños riachuelos que se forman junto a los bordillos de las aceras. El aire del exterior se encuentra limpio y los pulmones pueden llenarse de una pureza desacostumbrada. Las calzadas húmedas reflejan las luces de los semáforos, que trabajan en balde; ahora verde, ahora ámbar, otra vez rojo.
Los reflejos coloreados se diluyen en los grises colores nocturnos. Pero no hay nadie para verlo.
A un lado de la plaza, donde termina el pequeño jardín y no hay árboles que lo cubran, se encuentra abandonado un piano. Ha quedado tirado en mitad de una mudanza, cuando empezó a llover. Recogieron deprisa y no han vuelto a por él. Las gotas caídas de las bajas nubes golpean las teclas y lo hacen sonar como si un par de manos de agua fluyeran virtuosas. Al lado, un contenedor de basura aún medio vacío, acompaña la melodía con su grave percusión mientras una lata de refresco volcada completa la composición con su agudo tintineo, sugiriendo un vacío concierto de jazz.
Los rítmicos sonidos acompañan la magnífica estampa. Pero no hay nadie para verlo.
El paisaje urbano aparece derretido entre las gotas. Pero no hay nadie para verlo.
No es una lluvia fuerte, aunque las gotas son grandes. Las alcantarillas asimilan bien el agua que les llega a través que los pequeños riachuelos que se forman junto a los bordillos de las aceras. El aire del exterior se encuentra limpio y los pulmones pueden llenarse de una pureza desacostumbrada. Las calzadas húmedas reflejan las luces de los semáforos, que trabajan en balde; ahora verde, ahora ámbar, otra vez rojo.
Los reflejos coloreados se diluyen en los grises colores nocturnos. Pero no hay nadie para verlo.
A un lado de la plaza, donde termina el pequeño jardín y no hay árboles que lo cubran, se encuentra abandonado un piano. Ha quedado tirado en mitad de una mudanza, cuando empezó a llover. Recogieron deprisa y no han vuelto a por él. Las gotas caídas de las bajas nubes golpean las teclas y lo hacen sonar como si un par de manos de agua fluyeran virtuosas. Al lado, un contenedor de basura aún medio vacío, acompaña la melodía con su grave percusión mientras una lata de refresco volcada completa la composición con su agudo tintineo, sugiriendo un vacío concierto de jazz.
Los rítmicos sonidos acompañan la magnífica estampa. Pero no hay nadie para verlo.
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