Nunca había ido al pueblo de mi abuelo, pero mi padre recibió un telegrama que decía que estaba muy enfermo y se estaba muriendo. Así que al día siguiente, que era sábado y no tenía que ir al colegio, mi padre me llevó en coche al pueblo para ver al abuelo. Casas de Olmedo está en la parte más alta de una montaña, en la sierra, un lugar casi inaccesible. Para llegar hay que subir por la cara norte y al llegar a la cima lo primero que encuentras es la iglesia y, al lado, el cementerio. La aldea se encuentra en la cara sur de la montaña.
Mi padre aparcó el coche al lado de la iglesia, un perro salió del cementerio y se detuvo al lado de la puerta. Nos ladró varias veces pero no avanzó. Se quedó allí a olernos. Nosotros nos encaminamos ladera abajo hacia las primeras casas. Las callecitas estaban desiertas. No se escuchaba ningún sonido de dentro de las casas. Otro perro se asomó por una esquina y nos siguió con la mirada cuando lo sobrepasamos. Giré la cabeza y vi que el animal continuó vagando sin rumbo hacia otro lado.
Llegamos a una casucha medio derruida, igual que el resto, y mi padre llamó a la puerta. Quién va, preguntó una voz desde dentro. Mi padre respondió y abrieron la puerta. Apareció Germán, el carpintero de la aldea y abrazó a mi padre. Acto seguido me dio varios golpes en la cabeza con su enorme mano para saludarme. Vamos, dijo Germán. Y cerró la puertezuela.
Continuamos calleja abajo y luego giramos a la izquierda. Germán sacó una llave y abrió la puerta de una casa aún más cochambrosa que la suya. Entramos a un corral grande y luego pasamos por una puerta que quedaba a la izquierda. Al fondo de la habitación se encontraba la cama con el abuelo. Nos escuchó entrar y giró la cabeza.
Nos acercamos. Mi padre se agachó y besó al abuelo. Este es tu nieto, le dijo después e hizo que le diera un beso yo también. Al menos he llegado a conocerlo, dijo el abuelo con un hilo de voz. Después mi padre miró a Germán y nos pidió que le dejáramos solo con el abuelo así que Germán me llevó a dar una vuelta por el pueblo.
Has visto ya la iglesia por dentro, me preguntó y negué con la cabeza sin decir nada. Subimos otra vez hasta la cima por unas calles distintas por las que bajamos. El silencio que había allí era absoluto, roto únicamente por el sonido del viento. No vive nadie en este pueblo, le pregunté a Germán. Sí, respondió, somos 15 personas las que aún vivimos aquí pero están todos en Tomillar de la Sagra, el pueblo de abajo, que está de fiestas, lo habéis pasado para llegar aquí, asentí. En efecto había banderillas colgadas por las calles del pueblo anterior pero no vimos gente alguna; debían encontrarse por otro lado. Ahora mismo somos cinco en todo el pueblo, añadió Germán. Yo lo miré extrañado. Mi abuelo, mi padre, Germán y yo éramos cuatro. Mi mujer también se encuentra en el pueblo, dijo al ver mi cara, se ha quedado limpiando el gallinero, no quiere fiestas.
Llegamos a la puerta de la iglesia, empujó el portón y entramos. Estaba todo lleno de polvo y olía a humedad. En el fondo un crucifijo colgaba de la pared y dos únicas velas sobre la mesa del altar iluminaban toda la iglesia. La luz de fuera a penas entraba por las ranuras que había por ventanas. Quiero ir a ver al abuelo, le dije. Espera un poco, chico, tu padre quiere estar con él a solas. Pero si se muere no lo vamos a saber, protesté. Tal vez sí, si nos cruzamos con un perro durante el paseo, me contestó.
Debí poner la misma cara que cuando conté cuatro personas porque me dio la explicación sin preguntarle. Yo antes creía que en todos sitios pasaba lo mismo y lo tomé como algo natural pero luego me enteré que es algo que solo ocurre en este pueblo, dijo. Cuando alguien muere en la aldea, continuó, los perros de aquí comienzan a bailar. Se mueven de forma extraña, bajan la cabeza y se mueven de izquierda a derecha durante varios minutos, como si estuvieran borrachos. Si hay varios perros cerca se juntan y bailan a la vez. Desde pequeño lo he visto y durante mucho tiempo creí que ocurría así en todos los sitios, pero solo pasa aquí.
Me quedé en silencio. No sabía si creérmelo o no. Ven, dijo después, vamos a ver la tumba de tu abuela. Dimos media vuelta y salimos otra vez fuera. Agradecí la luz del sol. Pasamos al lado del coche y entramos en el cementerio. El perro de antes nos miró otra vez pero ahora no ladró. Cruzamos varios pasillos de lápidas y torcimos varias veces hasta llegar a la tumba de mi abuela. Su nombre aparecía grabado en la losa con la fecha de su defunción. Murió bastante antes de que tú nacieras, dijo Germán. Por aquí también está tu tía, que murió con tres años, añadió.
Yo no sabía que tuviera una tía muerta, mi padre nunca me contó nada pero Germán me quería llevar a ver su sepultura así que volvimos algunos pasos atrás y fuimos por otro camino de tumbas. Yo miré hacia la entrada del cementerio, queriendo salir de allí aunque fuera con la vista. Germán mira, le grité señalando hacia la puerta. Germán se giró. Está bailando, dije. El perro del cementerio se movía como me había descrito antes. Vamos muchacho, dijo y salió corriendo del cementerio. Yo le seguí.
Bajamos por las callejuelas a toda prisa hasta llegar a la casa de mi abuelo. Empujó la puerta, cruzamos el corral y nos metimos en la puerta de su alcoba. Mi padre estaba agachado sobre la cama. Mi abuelo le hablaba muy bajito pero se interrumpió al vernos entrar corriendo. Qué ocurre, preguntó mi padre. Está vivo, preguntó Germán como respuesta. Sí, estamos hablando, respondió mi padre. Pero hemos visto cómo bailaba, dije yo. No, Dios mío, Adela, gritó Germán y salió corriendo de nuevo.
No sé por qué pero le seguí. Subimos un par de calles hasta llegar a su casa. Empujó la puerta y al fondo del corral se encontraba el gallinero. Fui tras él. Allí en mitad se concentraban todas las gallinas en montón. Germán las intentó espantar pero no se movían. Luego empezó a darles patadas. Vi aparecer las piernas de la mujer acribilladas a picotazos. En las rodillas se veían partes de hueso. Germán continuó pateando gallinas mientras gritaba. La ropa de la mujer había casi desaparecido y había un gran charco de sangre bajo todo su cuerpo. Su cara ya no tenía ojos y el gallo picoteaba entre el pelo.
Mi padre aparcó el coche al lado de la iglesia, un perro salió del cementerio y se detuvo al lado de la puerta. Nos ladró varias veces pero no avanzó. Se quedó allí a olernos. Nosotros nos encaminamos ladera abajo hacia las primeras casas. Las callecitas estaban desiertas. No se escuchaba ningún sonido de dentro de las casas. Otro perro se asomó por una esquina y nos siguió con la mirada cuando lo sobrepasamos. Giré la cabeza y vi que el animal continuó vagando sin rumbo hacia otro lado.
Llegamos a una casucha medio derruida, igual que el resto, y mi padre llamó a la puerta. Quién va, preguntó una voz desde dentro. Mi padre respondió y abrieron la puerta. Apareció Germán, el carpintero de la aldea y abrazó a mi padre. Acto seguido me dio varios golpes en la cabeza con su enorme mano para saludarme. Vamos, dijo Germán. Y cerró la puertezuela.
Continuamos calleja abajo y luego giramos a la izquierda. Germán sacó una llave y abrió la puerta de una casa aún más cochambrosa que la suya. Entramos a un corral grande y luego pasamos por una puerta que quedaba a la izquierda. Al fondo de la habitación se encontraba la cama con el abuelo. Nos escuchó entrar y giró la cabeza.
Nos acercamos. Mi padre se agachó y besó al abuelo. Este es tu nieto, le dijo después e hizo que le diera un beso yo también. Al menos he llegado a conocerlo, dijo el abuelo con un hilo de voz. Después mi padre miró a Germán y nos pidió que le dejáramos solo con el abuelo así que Germán me llevó a dar una vuelta por el pueblo.
Has visto ya la iglesia por dentro, me preguntó y negué con la cabeza sin decir nada. Subimos otra vez hasta la cima por unas calles distintas por las que bajamos. El silencio que había allí era absoluto, roto únicamente por el sonido del viento. No vive nadie en este pueblo, le pregunté a Germán. Sí, respondió, somos 15 personas las que aún vivimos aquí pero están todos en Tomillar de la Sagra, el pueblo de abajo, que está de fiestas, lo habéis pasado para llegar aquí, asentí. En efecto había banderillas colgadas por las calles del pueblo anterior pero no vimos gente alguna; debían encontrarse por otro lado. Ahora mismo somos cinco en todo el pueblo, añadió Germán. Yo lo miré extrañado. Mi abuelo, mi padre, Germán y yo éramos cuatro. Mi mujer también se encuentra en el pueblo, dijo al ver mi cara, se ha quedado limpiando el gallinero, no quiere fiestas.
Llegamos a la puerta de la iglesia, empujó el portón y entramos. Estaba todo lleno de polvo y olía a humedad. En el fondo un crucifijo colgaba de la pared y dos únicas velas sobre la mesa del altar iluminaban toda la iglesia. La luz de fuera a penas entraba por las ranuras que había por ventanas. Quiero ir a ver al abuelo, le dije. Espera un poco, chico, tu padre quiere estar con él a solas. Pero si se muere no lo vamos a saber, protesté. Tal vez sí, si nos cruzamos con un perro durante el paseo, me contestó.
Debí poner la misma cara que cuando conté cuatro personas porque me dio la explicación sin preguntarle. Yo antes creía que en todos sitios pasaba lo mismo y lo tomé como algo natural pero luego me enteré que es algo que solo ocurre en este pueblo, dijo. Cuando alguien muere en la aldea, continuó, los perros de aquí comienzan a bailar. Se mueven de forma extraña, bajan la cabeza y se mueven de izquierda a derecha durante varios minutos, como si estuvieran borrachos. Si hay varios perros cerca se juntan y bailan a la vez. Desde pequeño lo he visto y durante mucho tiempo creí que ocurría así en todos los sitios, pero solo pasa aquí.
Me quedé en silencio. No sabía si creérmelo o no. Ven, dijo después, vamos a ver la tumba de tu abuela. Dimos media vuelta y salimos otra vez fuera. Agradecí la luz del sol. Pasamos al lado del coche y entramos en el cementerio. El perro de antes nos miró otra vez pero ahora no ladró. Cruzamos varios pasillos de lápidas y torcimos varias veces hasta llegar a la tumba de mi abuela. Su nombre aparecía grabado en la losa con la fecha de su defunción. Murió bastante antes de que tú nacieras, dijo Germán. Por aquí también está tu tía, que murió con tres años, añadió.
Yo no sabía que tuviera una tía muerta, mi padre nunca me contó nada pero Germán me quería llevar a ver su sepultura así que volvimos algunos pasos atrás y fuimos por otro camino de tumbas. Yo miré hacia la entrada del cementerio, queriendo salir de allí aunque fuera con la vista. Germán mira, le grité señalando hacia la puerta. Germán se giró. Está bailando, dije. El perro del cementerio se movía como me había descrito antes. Vamos muchacho, dijo y salió corriendo del cementerio. Yo le seguí.
Bajamos por las callejuelas a toda prisa hasta llegar a la casa de mi abuelo. Empujó la puerta, cruzamos el corral y nos metimos en la puerta de su alcoba. Mi padre estaba agachado sobre la cama. Mi abuelo le hablaba muy bajito pero se interrumpió al vernos entrar corriendo. Qué ocurre, preguntó mi padre. Está vivo, preguntó Germán como respuesta. Sí, estamos hablando, respondió mi padre. Pero hemos visto cómo bailaba, dije yo. No, Dios mío, Adela, gritó Germán y salió corriendo de nuevo.
No sé por qué pero le seguí. Subimos un par de calles hasta llegar a su casa. Empujó la puerta y al fondo del corral se encontraba el gallinero. Fui tras él. Allí en mitad se concentraban todas las gallinas en montón. Germán las intentó espantar pero no se movían. Luego empezó a darles patadas. Vi aparecer las piernas de la mujer acribilladas a picotazos. En las rodillas se veían partes de hueso. Germán continuó pateando gallinas mientras gritaba. La ropa de la mujer había casi desaparecido y había un gran charco de sangre bajo todo su cuerpo. Su cara ya no tenía ojos y el gallo picoteaba entre el pelo.
1 comentarios:
XD
Gran giro final.
Me gusta el estilo que has elegido para este cuento. Muy murakamesco, si se me permite la expresión.
+9
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El lector, perdido y desorientado, llegó hasta aquí y dijo: