Cuando se dio cuenta se encontraba perdida en medio del bosque. Decidió escaparse esa noche de casa, con su pijama blanco y descalza, para poder respirar fuera de esas cuatro paredes y alejarse de todas esas normas a las que estaba esclavizada para convertirse en una niña bien que le oprimían el pecho y no la dejaban respirar con normalidad. Había elegido, sin saberlo, una noche de luna completamente llena y sin una sola nube, por lo que podía caminar viendo perfectamente por dónde pisaba, pero sin saber muy bien a donde se dirigía. Cuando quiso volver sobre sus pasos, cansada, hacia su cómoda cama que la esperaba se encontró perdida en mitad del bosque.
En uno de los múltiples giros de cabeza que realizó para intentar identificar el camino de vuelta vio a lo lejos un reflejo blanco que se movió de un lado a otro entre los árboles. Sin identificar aquello, continuó con la vista la trayectoria que seguiría y unos metros más allá vio aparecer el cuerpo de aquel joven caballo. Era blanco y la luna reflejaba su tersa piel con destellos de plata, sus crines se movían livianas con los movimientos de su cuello dándole un aspecto casi mágico. Cuando volvió a mirarlo de nuevo descubrió un cuerno en su frente.
Se acercó sigilosa hacia él. El unicornio la miraba asustado con sus ojos azules celestes; la joven parecía ver un cielo profundo al clavar su vista sobre ellos. Cuando estuvo más cerca, el animal dio un paso atrás. Ella paró un momento. Alargó su mano lentamente para intentar tocarle el morro. Aún estaba a dos pasos de distancia.
Al avanzar un paso más con el brazo alargado hacia el animal, éste echó otro paso para atrás y bajó la cabeza. Sin esperarlo, cogió impulso y se abalanzó sobre el pecho de la joven y clavó su cuerno en ella. La chica cayó al suelo pero el animal siguió echándose hacia ella una y otra vez con la cabeza agachada y clavando su asta en cada movimiento.
Cuando la joven dejó de moverse, el unicornio se separó de ella y desapareció despacio entre los árboles. La chica quedó tendida boca arriba. Manchado de sangre su pijama blanco, la luna reflejaba los finos bordados con destellos de plata, sus volantes se movían livianos con la fina brisa que corría en el bosque dándole un aspecto casi mágico.
En uno de los múltiples giros de cabeza que realizó para intentar identificar el camino de vuelta vio a lo lejos un reflejo blanco que se movió de un lado a otro entre los árboles. Sin identificar aquello, continuó con la vista la trayectoria que seguiría y unos metros más allá vio aparecer el cuerpo de aquel joven caballo. Era blanco y la luna reflejaba su tersa piel con destellos de plata, sus crines se movían livianas con los movimientos de su cuello dándole un aspecto casi mágico. Cuando volvió a mirarlo de nuevo descubrió un cuerno en su frente.
Se acercó sigilosa hacia él. El unicornio la miraba asustado con sus ojos azules celestes; la joven parecía ver un cielo profundo al clavar su vista sobre ellos. Cuando estuvo más cerca, el animal dio un paso atrás. Ella paró un momento. Alargó su mano lentamente para intentar tocarle el morro. Aún estaba a dos pasos de distancia.
Al avanzar un paso más con el brazo alargado hacia el animal, éste echó otro paso para atrás y bajó la cabeza. Sin esperarlo, cogió impulso y se abalanzó sobre el pecho de la joven y clavó su cuerno en ella. La chica cayó al suelo pero el animal siguió echándose hacia ella una y otra vez con la cabeza agachada y clavando su asta en cada movimiento.
Cuando la joven dejó de moverse, el unicornio se separó de ella y desapareció despacio entre los árboles. La chica quedó tendida boca arriba. Manchado de sangre su pijama blanco, la luna reflejaba los finos bordados con destellos de plata, sus volantes se movían livianos con la fina brisa que corría en el bosque dándole un aspecto casi mágico.
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