jueves, 25 de noviembre de 2010

Razones de peso

Los golpes en la puerta la despertaron. El eco de la llamada retumbaba en todo el oscuro caserón. Se incorporó y palpó la mesilla de noche buscando la caja de cerillas. La abrió, encendió una y la posó sobre la mecha de la vela. La enorme habitación se iluminó en parte. Se escuchó el leve chillido de un ratón asustado que huía hacia su escondrijo. El dosel de la cama se proyectaba en el techo mientras la luz amarilla de la vela se agarraba a las paredes.

Se levantó de la cama y avanzó con sus raquíticas piernas hacia el otro lado de la gran habitación. Recogió su bata azul sobre un baúl pegado a la pared, se la puso encima y volvió con su flaco cuerpo al lado de la cama. Se calzó unas zapatillas gastadas, recogió la palmatoria y salió de la habitación.

Volvieron a llamar a la puerta. El eco volvió a resonar por toda la enorme mansión. Debía de ser ella. En los últimos años la única visita que recibía era de ella.

Mientras caminaba por el pasillo la luz de la vela descubría las manchas en el papel que forraba las paredes, los cuadros con el lienzo rajado, los muebles apartados a un lado y algunas figuras tiradas por el suelo. Las sombras que proyectaban se encogían y se alargaban a su paso.

Dobló a la derecha al final del pasillo y se detuvo delante del espejo. Contempló muda la imagen que le devolvía. Los pellejos del cuello colgaban rítmicos a sus movimientos, la tez verdeada de su cara se arrugaba bajo sus ojos formando unas terribles ojeras, como también colgaban estirados los lóbulos de sus orejas. Los huesos de debajo de las sienes y las mandíbulas se perfilaban agudos ante la tenue luz. Los pocos pelos que le quedaban se repartían por toda la cabeza, grises, finos, enmarañados. Bajó la vista hasta el reflejo de la palmatoria y observó la mano que la sujetaba. Los finos dedos y las largas uñas se juntaban en un puño que agarraba el asa.

Volvieron a retumbar los golpes por todas las paredes del caserón. Se apartó del espejo y siguió hasta el final del pasillo donde se encontraban las escaleras. Bajó con ligereza todos los peldaños y llegó al portón. Descorrió los cuatro cerrojos y abrió la puerta hacia adentro. La brisa del exterior entró por entre sus piernas y la llama de la vela se alargó hasta casi apagarse. Frente a la puerta estaba ella, como esperaba.

Nunca había llegado a verle la cara, estaba ensombrecida por la capucha que siempre llevaba sobre la cabeza. Su cuerpo vestía un hábito de colo negro, sus manos unos gruesos guantes de piel también negros y en los pies unas botas de caña alta. Allí estaba de nuevo, la Muerte volvía una vez más para llevársela.

Se hizo a un lado para dejarla entrar y cerró el portón de nuevo. La condujo por la planta baja hasta la gran sala. Allí se sentó sobre un sillón de piel, rasgado, de respaldo alto e invitó a su visita a que hiciera lo mismo en un sillón similar situado al lado. Justo delante de donde estaban sentadas había una mesa de madera con patas retorneadas sobre la que descansaban varias velas apagadas. Acercó la palmatoria y las fue encendiendo una a una. La mitad de la gran sala se iluminó.

Como era costumbre cuando recibía la visita, comenzaron a hablar largo y tendido. En la pared de enfrente la luz de las velas dejaban vislumbrar una chimenea apagada con el hogar lleno de cenizas. Al lado izquierdo de la chimenea colgaba el enorme retrato de un hombre con bigote y en el lado derecho estaba la señal de que otro cuadro similar había estado colgado ahí pero ahora se encontraba en el suelo, justo debajo de donde debería colgar y apoyado contra la pared con un lado del marco salido del lienzo, seguramente debido a la caída. Una dama aparecía dibujada.

Pasado mucho tiempo de charla y cuando una de las velas de encima de la mesa estaba a punto de consumirse, la Muerte se levantó del sillón. Ella hizo lo mismo, cogió la palmatoria y la acompañó hasta la salida.

Al salir de la mansión, caminó con la cabeza agachada cubierta bajo su capucha. Aquella odiosa mujer la había convencido una vez más para que no se la llevase consigo. Prefería seguir pudriéndose sola en el caserón. Dentro de poco volvería otra vez para intentarlo.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Algo pendiente

Cuando abrió los ojos aún era de noche. No había luz en el dormitorio todavía pero esperó a que la vista se adecuara a la oscuridad para ver los muebles de su habitación con el tenue resplandor que entraba bajo la puerta y por una de las rendijas de la persiana mal cerrada que permitía que la luna se colase en su intimidad. Cuando por fin sus ojos se adaptaron a la negrura comprobó que el techo de la habitación se le venía encima, lo tenía justo delante de sus narices, y al pegar un repullo a causa del susto, su cuerpo se internó adentro del colchón de la cama, o eso interpretó él cuando vio que se separaba del techo. Aún boca arriba y muy asustado intentó agarrarse a las sábanas, pero allí no había nada, solo aire.

Entonces calló en la cuenta de que estaba flotando en su dormitorio. ¿Sería esto posible? No, no podía ser. Debería ser algún extraño sueño producido por la fiebre de la gripe por la que estaba pasando y que lo mantenía ya dos días en cama. O no, porque sentía su cabeza despejada y sus articulaciones no le dolían, todo su cuerpo estaba bien. Sus infantiles deseos de poder volar se habían hecho por fin realidad.

Tomó impulso en el aire para girarse y volverse hacia abajo y meterse de nuevo en la cama. Pero en cuanto se dio la vuelta comprobó que la cama ya estaba ocupada... por él. Eso tampoco podía ser, él estaba flotando, no podía estar también en la cama. Se acercó más y miró al intruso. Sí, era él, estaba durmiendo. ¿Cómo pudo su conciencia salirse de su cuerpo? Eso no podía ser posible, a menos que...

Puso su oreja en la boca de aquel usurpador para comprobar que no respiraba, que yacía con los ojos cerrados, inerte y todavía soporoso y febril. Acabo de morir, pensó.

Al intentar seguir su camino, el que a él le habían contado, flotó hacia arriba para atravesar el techo y subir hasta el cielo pero no pudo pasar a través de él, ni tampoco a través del suelo para llegar a la planta baja de la casa cuando lo intentó, ni tampoco a través de la puerta para llegar al pasillo cuando lo probó. No podía salir de su dormitorio.

También le contaron que las almas que no siguen su camino quedan atrapadas para terminar algo que tenien pendiente. Pero él no dejaba nada por hacer, solo tenía 8 años y no tenía obligaciones... lo único que tenía pendiente era una vida entera por delante. ¿Quedaría ahora atrapado para siempre en el dormitorio del que nunca conseguiría salir?

Como no le gustó nada esa idea se dirigió de nuevo hacia el cuerpo de la cama e intentó introducirse en él con todas sus fuerzas, cerrando los ojos y los puños, e intentó revivirse haciendo varios intentos.

Cuando volvió a abrir los ojos, sintió un peso enorme de todas sus articulaciones y la cabeza le producía un terrible zumbido. Miró a su alrededor. Todo estaba como debería estar, cada mueble en su sitio y él febril en la cama. ¿Había sido un delirio o realmente había estado muerto?