Los golpes en la puerta la despertaron. El eco de la llamada retumbaba en todo el oscuro caserón. Se incorporó y palpó la mesilla de noche buscando la caja de cerillas. La abrió, encendió una y la posó sobre la mecha de la vela. La enorme habitación se iluminó en parte. Se escuchó el leve chillido de un ratón asustado que huía hacia su escondrijo. El dosel de la cama se proyectaba en el techo mientras la luz amarilla de la vela se agarraba a las paredes.
Se levantó de la cama y avanzó con sus raquíticas piernas hacia el otro lado de la gran habitación. Recogió su bata azul sobre un baúl pegado a la pared, se la puso encima y volvió con su flaco cuerpo al lado de la cama. Se calzó unas zapatillas gastadas, recogió la palmatoria y salió de la habitación.
Volvieron a llamar a la puerta. El eco volvió a resonar por toda la enorme mansión. Debía de ser ella. En los últimos años la única visita que recibía era de ella.
Mientras caminaba por el pasillo la luz de la vela descubría las manchas en el papel que forraba las paredes, los cuadros con el lienzo rajado, los muebles apartados a un lado y algunas figuras tiradas por el suelo. Las sombras que proyectaban se encogían y se alargaban a su paso.
Dobló a la derecha al final del pasillo y se detuvo delante del espejo. Contempló muda la imagen que le devolvía. Los pellejos del cuello colgaban rítmicos a sus movimientos, la tez verdeada de su cara se arrugaba bajo sus ojos formando unas terribles ojeras, como también colgaban estirados los lóbulos de sus orejas. Los huesos de debajo de las sienes y las mandíbulas se perfilaban agudos ante la tenue luz. Los pocos pelos que le quedaban se repartían por toda la cabeza, grises, finos, enmarañados. Bajó la vista hasta el reflejo de la palmatoria y observó la mano que la sujetaba. Los finos dedos y las largas uñas se juntaban en un puño que agarraba el asa.
Volvieron a retumbar los golpes por todas las paredes del caserón. Se apartó del espejo y siguió hasta el final del pasillo donde se encontraban las escaleras. Bajó con ligereza todos los peldaños y llegó al portón. Descorrió los cuatro cerrojos y abrió la puerta hacia adentro. La brisa del exterior entró por entre sus piernas y la llama de la vela se alargó hasta casi apagarse. Frente a la puerta estaba ella, como esperaba.
Nunca había llegado a verle la cara, estaba ensombrecida por la capucha que siempre llevaba sobre la cabeza. Su cuerpo vestía un hábito de colo negro, sus manos unos gruesos guantes de piel también negros y en los pies unas botas de caña alta. Allí estaba de nuevo, la Muerte volvía una vez más para llevársela.
Se hizo a un lado para dejarla entrar y cerró el portón de nuevo. La condujo por la planta baja hasta la gran sala. Allí se sentó sobre un sillón de piel, rasgado, de respaldo alto e invitó a su visita a que hiciera lo mismo en un sillón similar situado al lado. Justo delante de donde estaban sentadas había una mesa de madera con patas retorneadas sobre la que descansaban varias velas apagadas. Acercó la palmatoria y las fue encendiendo una a una. La mitad de la gran sala se iluminó.
Como era costumbre cuando recibía la visita, comenzaron a hablar largo y tendido. En la pared de enfrente la luz de las velas dejaban vislumbrar una chimenea apagada con el hogar lleno de cenizas. Al lado izquierdo de la chimenea colgaba el enorme retrato de un hombre con bigote y en el lado derecho estaba la señal de que otro cuadro similar había estado colgado ahí pero ahora se encontraba en el suelo, justo debajo de donde debería colgar y apoyado contra la pared con un lado del marco salido del lienzo, seguramente debido a la caída. Una dama aparecía dibujada.
Pasado mucho tiempo de charla y cuando una de las velas de encima de la mesa estaba a punto de consumirse, la Muerte se levantó del sillón. Ella hizo lo mismo, cogió la palmatoria y la acompañó hasta la salida.
Al salir de la mansión, caminó con la cabeza agachada cubierta bajo su capucha. Aquella odiosa mujer la había convencido una vez más para que no se la llevase consigo. Prefería seguir pudriéndose sola en el caserón. Dentro de poco volvería otra vez para intentarlo.
Se levantó de la cama y avanzó con sus raquíticas piernas hacia el otro lado de la gran habitación. Recogió su bata azul sobre un baúl pegado a la pared, se la puso encima y volvió con su flaco cuerpo al lado de la cama. Se calzó unas zapatillas gastadas, recogió la palmatoria y salió de la habitación.
Volvieron a llamar a la puerta. El eco volvió a resonar por toda la enorme mansión. Debía de ser ella. En los últimos años la única visita que recibía era de ella.
Mientras caminaba por el pasillo la luz de la vela descubría las manchas en el papel que forraba las paredes, los cuadros con el lienzo rajado, los muebles apartados a un lado y algunas figuras tiradas por el suelo. Las sombras que proyectaban se encogían y se alargaban a su paso.
Dobló a la derecha al final del pasillo y se detuvo delante del espejo. Contempló muda la imagen que le devolvía. Los pellejos del cuello colgaban rítmicos a sus movimientos, la tez verdeada de su cara se arrugaba bajo sus ojos formando unas terribles ojeras, como también colgaban estirados los lóbulos de sus orejas. Los huesos de debajo de las sienes y las mandíbulas se perfilaban agudos ante la tenue luz. Los pocos pelos que le quedaban se repartían por toda la cabeza, grises, finos, enmarañados. Bajó la vista hasta el reflejo de la palmatoria y observó la mano que la sujetaba. Los finos dedos y las largas uñas se juntaban en un puño que agarraba el asa.
Volvieron a retumbar los golpes por todas las paredes del caserón. Se apartó del espejo y siguió hasta el final del pasillo donde se encontraban las escaleras. Bajó con ligereza todos los peldaños y llegó al portón. Descorrió los cuatro cerrojos y abrió la puerta hacia adentro. La brisa del exterior entró por entre sus piernas y la llama de la vela se alargó hasta casi apagarse. Frente a la puerta estaba ella, como esperaba.
Nunca había llegado a verle la cara, estaba ensombrecida por la capucha que siempre llevaba sobre la cabeza. Su cuerpo vestía un hábito de colo negro, sus manos unos gruesos guantes de piel también negros y en los pies unas botas de caña alta. Allí estaba de nuevo, la Muerte volvía una vez más para llevársela.
Se hizo a un lado para dejarla entrar y cerró el portón de nuevo. La condujo por la planta baja hasta la gran sala. Allí se sentó sobre un sillón de piel, rasgado, de respaldo alto e invitó a su visita a que hiciera lo mismo en un sillón similar situado al lado. Justo delante de donde estaban sentadas había una mesa de madera con patas retorneadas sobre la que descansaban varias velas apagadas. Acercó la palmatoria y las fue encendiendo una a una. La mitad de la gran sala se iluminó.
Como era costumbre cuando recibía la visita, comenzaron a hablar largo y tendido. En la pared de enfrente la luz de las velas dejaban vislumbrar una chimenea apagada con el hogar lleno de cenizas. Al lado izquierdo de la chimenea colgaba el enorme retrato de un hombre con bigote y en el lado derecho estaba la señal de que otro cuadro similar había estado colgado ahí pero ahora se encontraba en el suelo, justo debajo de donde debería colgar y apoyado contra la pared con un lado del marco salido del lienzo, seguramente debido a la caída. Una dama aparecía dibujada.
Pasado mucho tiempo de charla y cuando una de las velas de encima de la mesa estaba a punto de consumirse, la Muerte se levantó del sillón. Ella hizo lo mismo, cogió la palmatoria y la acompañó hasta la salida.
Al salir de la mansión, caminó con la cabeza agachada cubierta bajo su capucha. Aquella odiosa mujer la había convencido una vez más para que no se la llevase consigo. Prefería seguir pudriéndose sola en el caserón. Dentro de poco volvería otra vez para intentarlo.
hmmmm.... no es tan fácil burlar a la muerte. Mucha parla tiene que tener.
ResponderSuprimir