Las hojas de los árboles se agitan, supongo que con la brisa, aunque tal vez ellas ya sepan que antes o después su pequeño tallo se desgarrará de la rama y caerán al suelo junto con sus compañeras, y en realidad no se muevan al compás del viento sino que están temblando del terror que les supone la llegada de ese momento. Algunas de ellas reciben la luz directa del sol por primera vez y pueden conocer de primera mano lo que oyeron de otras hojas más altas mientras permanecían en la parte baja de la copa, en la penumbra. Ésas compañeras altas hace días que han caído y ahora ellas pueden ver el sol a través de las ramas desnudas.
Contemplo desde el banco del parque en el que estoy sentado cómo se despiden unas de otras, no saben si una vez en el suelo volverán a verse, ni siquiera si volverán a poder comunicarse entre ellas. Sus compañeras caídas no hablan, al menos ellas no las escuchan murmurar; tal vez esté el suelo demasiado bajo para oírlas.
Saben que hay cambios, pueden ver como yo que su color ha cambiado. Ya no tienen el color verde brillante de antes, ahora son hojas tristes, amarillas y marrones. Saben que la luz que las ilumina también ha cambiado. Los chorros de luz blanca que llegaban al camino de arena de al lado es ahora amarillo, rojizo a ciertas horas del día y no calienta como antes; en ocasiones tienen frío, sobre todo por la noche. Yo me he traído la chaqueta.
Desde mi asiento puedo advertir que la fuente de un poco más allá tampoco refleja la luz como lo hizo en pleno verano. Ahora parece estar cansada, sucia y solo el agua que mana continúa saliendo con el mismo vigor que antaño, aunque su color también ha cambiado, más opaco, más gris, más triste.
Una profunda melancolía me recorre todo el cuerpo y se me agolpan los recuerdos del verano; me quedo embobado mirando hacia la nada evocando a Elisa, mi amor de temporada. La conocí a mitad de julio y desde entonces nos volvimos inseparables, me enamoré perdidamente de ella al instante; y ella de mí. Nos veíamos todos los días, nos bañábamos en el lago, nos tumbábamos al sol y charlábamos incansablemente. Me gustaba mirarla a los ojos, ver sus labios moverse al ritmo de sus palabras; me gustaba tocarla, acariciarla en los brazos; me gustaba besarla, abrir los ojos durante el beso, comprobar que ella también me observaba y romper el beso riéndonos.
¡Oh, Elisa! Te perdí en un momento que no soy capaz de recordar. Pero tú y nuestro verano juntos jamás se borrarán de mi mente. No quiero perder las largas tardes sentados a la sombra en una terraza de un bar o en este mismo banco en el que estoy ahora, hablando de cómo hacer del mundo un sitio mejor, qué planear para el día siguiente o cómo sería el resto de nuestra vida juntos. Me hiciste feliz. Muy feliz. Ahora ya no te tengo, te me escapaste como el agua entre los dedos. Pero jamás te olvidaré.
-Fernando ¿estás bien? -me pregunta Elisa. Está sentada en el banco, a mi lado, contemplando conmigo cómo caen las hojas de los árboles.
-Sí -miento mientras vuelvo de mi ensimismamiento.
Es ella. Es Elisa, sin duda. Pero no es mi Elisa, la Elisa con la que pasé todo el verano. Sus ojos se han oscurecido y su piel no brilla igual que antes. La luz que desprende no es la misma, es más tenue e incluso parece que su voz ha cambiado y llega a mis oídos con otro tono; sus sonidos al transmitirse por otros reflejos no suenan igual que antes, intento convencerme. Ya no es ella, ha perdido la magia que la rodeaba en verano.
La miro de nuevo a los ojos, sus nuevos ojos. Le sonrío pero ya no la amo. No sé cómo decírselo, aún no me he atrevido, no quiero hacerle daño, no quiero verla sufrir. Pero tampoco quiero estar ya a su lado. Quisiera que todo fuera más fácil, seguir atrapado por ella, que brillara como lo hacía antes cuando la miraba, que la emoción que me produjera me impidiera aguantar las ganas de besarla de nuevo. Pero no. Ya no la amo.
Contemplo desde el banco del parque en el que estoy sentado cómo se despiden unas de otras, no saben si una vez en el suelo volverán a verse, ni siquiera si volverán a poder comunicarse entre ellas. Sus compañeras caídas no hablan, al menos ellas no las escuchan murmurar; tal vez esté el suelo demasiado bajo para oírlas.
Saben que hay cambios, pueden ver como yo que su color ha cambiado. Ya no tienen el color verde brillante de antes, ahora son hojas tristes, amarillas y marrones. Saben que la luz que las ilumina también ha cambiado. Los chorros de luz blanca que llegaban al camino de arena de al lado es ahora amarillo, rojizo a ciertas horas del día y no calienta como antes; en ocasiones tienen frío, sobre todo por la noche. Yo me he traído la chaqueta.
Desde mi asiento puedo advertir que la fuente de un poco más allá tampoco refleja la luz como lo hizo en pleno verano. Ahora parece estar cansada, sucia y solo el agua que mana continúa saliendo con el mismo vigor que antaño, aunque su color también ha cambiado, más opaco, más gris, más triste.
Una profunda melancolía me recorre todo el cuerpo y se me agolpan los recuerdos del verano; me quedo embobado mirando hacia la nada evocando a Elisa, mi amor de temporada. La conocí a mitad de julio y desde entonces nos volvimos inseparables, me enamoré perdidamente de ella al instante; y ella de mí. Nos veíamos todos los días, nos bañábamos en el lago, nos tumbábamos al sol y charlábamos incansablemente. Me gustaba mirarla a los ojos, ver sus labios moverse al ritmo de sus palabras; me gustaba tocarla, acariciarla en los brazos; me gustaba besarla, abrir los ojos durante el beso, comprobar que ella también me observaba y romper el beso riéndonos.
¡Oh, Elisa! Te perdí en un momento que no soy capaz de recordar. Pero tú y nuestro verano juntos jamás se borrarán de mi mente. No quiero perder las largas tardes sentados a la sombra en una terraza de un bar o en este mismo banco en el que estoy ahora, hablando de cómo hacer del mundo un sitio mejor, qué planear para el día siguiente o cómo sería el resto de nuestra vida juntos. Me hiciste feliz. Muy feliz. Ahora ya no te tengo, te me escapaste como el agua entre los dedos. Pero jamás te olvidaré.
-Fernando ¿estás bien? -me pregunta Elisa. Está sentada en el banco, a mi lado, contemplando conmigo cómo caen las hojas de los árboles.
-Sí -miento mientras vuelvo de mi ensimismamiento.
Es ella. Es Elisa, sin duda. Pero no es mi Elisa, la Elisa con la que pasé todo el verano. Sus ojos se han oscurecido y su piel no brilla igual que antes. La luz que desprende no es la misma, es más tenue e incluso parece que su voz ha cambiado y llega a mis oídos con otro tono; sus sonidos al transmitirse por otros reflejos no suenan igual que antes, intento convencerme. Ya no es ella, ha perdido la magia que la rodeaba en verano.
La miro de nuevo a los ojos, sus nuevos ojos. Le sonrío pero ya no la amo. No sé cómo decírselo, aún no me he atrevido, no quiero hacerle daño, no quiero verla sufrir. Pero tampoco quiero estar ya a su lado. Quisiera que todo fuera más fácil, seguir atrapado por ella, que brillara como lo hacía antes cuando la miraba, que la emoción que me produjera me impidiera aguantar las ganas de besarla de nuevo. Pero no. Ya no la amo.
Ley de vida... las hojas caen y las Elisas se convierten en otras Elisas.
ResponderSuprimirTambién nosotros nos convertimos en otros nosotros.
Coño! Alguien se ha apropiado del nick del caracolo y va dejando comentarios por ahí!
ResponderSuprimir