Rebeca murió la semana pasada. Apareció en la bañera de su casa, con el agua tintada de rojo hasta el cuello, completamente desnuda y con las venas de los brazos abiertas. Hoy ha muerto su padre. Ha aparecido ahorcado esta mañana en un árbol del parque. Con sólo estos datos se podría pensar que su padre no ha podido soportar el suicidio de Rebeca y ha decidido acabar también con su vida, dejando una viuda que tal vez tome el mismo camino dentro de unos días.
Pero lo cierto es que Rebeca odiaba a su padre y si hoy supiera la noticia de su muerte se sentiría muy feliz. Pero este segundo suicidio no deja de ser una consecuencia del primero y por tanto, si Rebeca hubiera optado por frotarse con una esponja en vez de con una cuchilla su padre ahora también seguiría vivo.
Cuando la policía registró la habitación de Rebeca encontraron una nota de despedida que sus padres no habían visto. Era una carta corta pero desgarradora. Decía que había decidido poner final a su existencia, que a sus 12 años había sufrido demasiado, que no quería volver a sentir las manos de su padre en su cuerpo, que siete años de violaciones continuadas eran más de lo que podía soportar y era hora de poder ser feliz en otra vida, sin su padre.
Cuando la policía se lo comunicó a los padres la madre soltó un grito descorazonado mientras su padre salió corriendo de la casa antes de que lo detuviesen. Desde entonces ha estado desaparecido hasta hoy. Los distintos periódicos nos hicimos eco enseguida de la noticia del suicidio de la niña y la búsqueda del padre, reabriendo viejos debates sobre la protección familiar y la pena de muerte.
La madre, que no sabía nada de los abusos, fue ingresada de inmediato en el hospital debido al shock; no pudo acudir al funeral de su hija y aún no le han dicho nada de la muerte de su marido. Se encuentra en tratamiento psicológico y dentro de unos días el grupo de psicólogos que la están tratando le explicarán esta segunda muerte. Lo que es seguro es que jamás le contarán la existencia de la nota que ha dejado su marido bajo su cadáver colgante.
El primer policía que ha leído la carta ha tenido tentaciones de quemar aquella nota para que nadie más la leyese, pero ha decidido entregarla directamente a su superior, que nada más leerla la ha sacado del conjunto de pruebas y la ha guardado en un lugar más seguro, para que nadie tenga fácil acceso a ella.
La nota del padre es demasiado dura como para que alguien con sentimientos que la lea no le hierva la sangre al momento. Dice en la carta que se ha quitado la vida porque sabe que tarde o temprano lo atraparán, que no soportaría la cárcel, que no duraría allí dos días, pero que no se arrepiente de nada de lo que ha hecho en su vida, que Rebeca era suya y estuvo con ella tantas veces como se le antojó, que para eso era su hija, que además ella se dejaba hacer sin rechistar y pensó que le gustaba, que si de verdad existe esa otra vida que decía Rebeca en su carta de despedida que iba a vivir sin él, ahora ya va de camino para allá y la buscará durante todo el tiempo que haga falta para volver a estar de nuevo juntos y acostarse con ella otras tantas veces como le venga en gana.
La carta acaba de filtrarse hace un rato a la redacción de mi periódico, mañana saldrá en portada.
Pero lo cierto es que Rebeca odiaba a su padre y si hoy supiera la noticia de su muerte se sentiría muy feliz. Pero este segundo suicidio no deja de ser una consecuencia del primero y por tanto, si Rebeca hubiera optado por frotarse con una esponja en vez de con una cuchilla su padre ahora también seguiría vivo.
Cuando la policía registró la habitación de Rebeca encontraron una nota de despedida que sus padres no habían visto. Era una carta corta pero desgarradora. Decía que había decidido poner final a su existencia, que a sus 12 años había sufrido demasiado, que no quería volver a sentir las manos de su padre en su cuerpo, que siete años de violaciones continuadas eran más de lo que podía soportar y era hora de poder ser feliz en otra vida, sin su padre.
Cuando la policía se lo comunicó a los padres la madre soltó un grito descorazonado mientras su padre salió corriendo de la casa antes de que lo detuviesen. Desde entonces ha estado desaparecido hasta hoy. Los distintos periódicos nos hicimos eco enseguida de la noticia del suicidio de la niña y la búsqueda del padre, reabriendo viejos debates sobre la protección familiar y la pena de muerte.
La madre, que no sabía nada de los abusos, fue ingresada de inmediato en el hospital debido al shock; no pudo acudir al funeral de su hija y aún no le han dicho nada de la muerte de su marido. Se encuentra en tratamiento psicológico y dentro de unos días el grupo de psicólogos que la están tratando le explicarán esta segunda muerte. Lo que es seguro es que jamás le contarán la existencia de la nota que ha dejado su marido bajo su cadáver colgante.
El primer policía que ha leído la carta ha tenido tentaciones de quemar aquella nota para que nadie más la leyese, pero ha decidido entregarla directamente a su superior, que nada más leerla la ha sacado del conjunto de pruebas y la ha guardado en un lugar más seguro, para que nadie tenga fácil acceso a ella.
La nota del padre es demasiado dura como para que alguien con sentimientos que la lea no le hierva la sangre al momento. Dice en la carta que se ha quitado la vida porque sabe que tarde o temprano lo atraparán, que no soportaría la cárcel, que no duraría allí dos días, pero que no se arrepiente de nada de lo que ha hecho en su vida, que Rebeca era suya y estuvo con ella tantas veces como se le antojó, que para eso era su hija, que además ella se dejaba hacer sin rechistar y pensó que le gustaba, que si de verdad existe esa otra vida que decía Rebeca en su carta de despedida que iba a vivir sin él, ahora ya va de camino para allá y la buscará durante todo el tiempo que haga falta para volver a estar de nuevo juntos y acostarse con ella otras tantas veces como le venga en gana.
La carta acaba de filtrarse hace un rato a la redacción de mi periódico, mañana saldrá en portada.
O_O
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