jueves, 2 de septiembre de 2010

La metamorfosis

Salió de la cocina con una bolsa de galletitas de chocolate y antes de volver a encerrarse de nuevo en su habitación siguió por el pasillo hasta el salón donde se encontraba su madre "Mamá, hay que comprar más cookies esta tarde. Esta es la última bolsa que queda". La madre lo miró enfadada "¡Lenorio Capa! -le gritó con nombre y apellido como cada vez que se enfada con él- Más te valdría buscarte un trabajo y dejar de comer esas asquerosas galletas. No haces absolutamente nada, salvo agrandar ese enorme culo que ya tienes". "¡No mamá! ¡Otra vez ese discurso no!", protestó Lenorio. "Te lo repetiré tantas veces sea necesario. Debes hacer algo en la vida. Solo vives para comer galletas y estar delante del ordenador todo el día. Necesitas nuevos aires, un cambio radical, una metamorfosis ¡algo!", "Me lo replantearé cuando vuelva del viaje -contestó haciendo oídos sordos-. Pero necesito que compres las cookies esta tarde porque mañana temprano cojo el tren para Valencia y no quisiera estar en el encuentro de rol sin mis galletas".

Por la tarde, la resignada madre salió a comprar las galletas y algunos comestibles más mientras dejaba a Lenorio encerrado en su habitación terminando las últimas migajas de las últimas galletas. Lenorio se lo agradeció con un forzado beso durante la cena y volvió a encerrarse en su cuarto.

Cuando Lenorio Capa se despertó a la mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en una monstruosa cookie. Estaba tumbado sobre uno de los lados y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre plano abombado por algunos trozos de chocolate, sobre cuyas protuberancias a penas podía mantenerse la sábana, a punto ya de resbalar al suelo.

Sus piernas y brazos, ridículamente delgados en comparación con el resto de su tamaño mantenían unos pies y unas manos enormes, como de dibujo animado. "¿Qué pasaría -pensó-si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?". Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado.

Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia el lado derecho, una y otra vez volvía a caer sobre la espalda.

Lo intentó cien veces, hacía fuerza con los enormes pies y manos pero sus delgadas extremidades no tenían el suficiente vigor, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido y que más tarde advirtió que provenía de haberse desmigado un poco.

Pese a lo extraño de la situación se encontraba bastante bien e incluso tenía mucha hambre. "¿Y si me cojo un trozito de mí mismo y me pruebo a ver qué tal estoy?", se preguntó. Mientras reflexionaba sobre todo esto con gran rapidez, sin poderse decidir a abandonar la cama -en este mismo instante el despertador daba las siete menos cuarto-, llamaron cautelosamente a la puerta que estaba a la cabecera de su cama. "Lenorio - dijeron (era la madre) -, son las siete menos cuarto. ¿No ibas a salir de viaje?" ¡Qué dulce voz! Lenorio se asustó, al contestar, escuchó una voz que, evidentemente, era la suya, pero en la cual, como desde lo profundo, se mezcló con un ronquido y no pudo más que emitir un largo y abrupto sonido. Probablemente a causa de la puerta de madera no se notaba desde fuera el cambio en la voz de Lenorio, porque la madre se tranquilizó con esta respuesta en forma de gruñido de recién despertado y se marchó de allí.


Cuando dejó de escuchar los pasos de la madre alejándose se le vino a la cabeza aquella historia en la que un tipo se despierta convertido en una cucaracha "¿Cómo se llamaba el libro?", intentó hacer memoria. Recordó que el tipo al final terminaba muriendo en la habitación de la que nunca le dejaron salir, abandonado y repudiado por su familia. "¿Acabaré yo igual -se cuestionó asustado- o por el contrario me comerán a trocitos en el desayuno?" Cerró los ojos con gran melancolía sabiendo que no podía hacer nada, solo la espera le daría las respuestas.

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