domingo, 8 de agosto de 2010

Oportunidad

Cogió la bicicleta y salió disparado por el camino que llevaba al pueblo. A su espalda anochecía y la granja se quedaba a oscuras. Tras cruzar el pequeño puente de madera y doblar a la izquierda en la casa de primeros auxilios llegó a la taberna. Dejó la bicicleta a un lado y entró. Había más gente que de costumbre y a penas podía localizar a sus amigos, o mejor dicho a los amigos de su padre. Una voz ronca se oyó por encima de las demás mientras un brazo cubierto por una camisa sucia se agitaba al fondo.

- ¡Estamos aquí, Jim! -gritó la voz.

Se aproximó a aquella esquina mientras se quitaba la gorra. Bryan tan rudo como siempre estaba acompañado de Luke, que leía un periódico en la mesa que habían ocupado.

- Siéntate muchacho, pensamos que ya no vendrías -retumbó de nuevo la voz de Bryan.

- He tenido problemas con las vacas, han oído coyotes y no había manera de recogerlas.

- ¡Ah, ese viejo James se aprovecha de ti! Debería darle vergüenza explotar así a su propio hijo. ¿Cómo se encuentra?

- En cama aún, pero mejorado. Quiere levantarse y echarme una mano pero madre y yo no le dejamos todavía. A mí no me importa ocuparme solo de toda la granja, siempre me ha gustado.

- ¿Cómo puede gustarte quitarle la mierda a los animales todas las mañanas? -interrumpió Luke rompiendo su silencio mientras levantaba la vista del periódico-. ¿Acaso quieres hacer eso el resto de tu vida? -Jim se le quedó mirando sin saber qué decir-. Creo que aún no sabes lo que te gusta y lo que realmente quieres, muchacho, eres joven pero te estás convirtiendo ya en un hombre. Dejaste la escuela muy pronto porque no eras capaz de estudiar un poco y te pusiste a cuidar de los animales de tu padre para no estar de brazos cruzados; deberías haberte propuesto alguna meta más alta que hacer la vida que ha hecho tu padre y tu abuelo antes que él. Ese conformismo tuyo no te conviene.

- ¡Oh, el cascarrabias de Luke quiere aguarnos la fiesta! ¡Bernard, ponle una cerveza al chico! -gritó Bryan al camarero.

- Estoy a gusto en la granja -respondió Jim-. Trabajo en casa y tengo comida caliente mañana y noche, me gano el pan con mi sudor y ayudo a mi padre. No encuentro deshonra en ello ¿por qué debería hacer otra cosa?

- Aquí tienes -espetó Bernard, dejó la cerveza y se dio media vuelta.

- Nadie de los que yo conozco tiene una buena vida trabajando honradamente de sol a sol. Oportunidad, muchacho ¡oportunidad! Este pueblo está muerto y la sangre joven como la tuya debería buscar suerte más allá de estos campos.

- ¡Muerto estarás tú esta noche como no dejes de fastidiarnos! -gruñó Bryan-. Me encargaré de ello personalmente.

- Este pueblucho está muerto y la semana que viene lo estará más. Lo dice aquí bien claro -dijo señalando el periódico.

- ¡Qué demonios dice ese papelajo! Esos periodistas no paran de llamarnos paletos a los que aún hacemos vida en el pueblo.

- Aquí dice que la semana que viene se va a cerrar definitivamente la estación de ferrocarril. Han estado dos años construyendo una vía nueva por otros pueblos y la nuestra quedará muerta la semana próxima. Adiós a nuestra conexión con la ciudad.

- ¡Cielo Santo, Luke! -bociferó Bryan, cada vez más borracho-. ¿Cómo es posible que hayan estado haciendo esto durante dos años y nos enteremos hasta ahora?

- Os lo estoy diciendo Bryan. Este pueblo lleva muerto años, no nos llega ni la información -dijo Luke mientras Jim seguía en silencio contemplando la conversación y dando sorbos a su cerveza.

- ¡Pero bueno! ¿quién quiere ir a Ciudad Capital para respirar todo el humo de esas fábricas, que dicen que tiene, pudiendo contemplar aquí las estrellas todas las noche? -gruño Bryan de nuevo.

- Ya estás borracho Bryan. Lo he dicho antes: oportunidad. Chico -dijo mirando al silencioso Jim- ¿nunca te has planteado salir de este pueblo?

- No, señor. Ya le he dicho que estoy bien en la granja -repitió Jim mecánicamente.

- No me llames señor, te conozco desde que eras un crío y estamos bebiendo entre amigos. Pero sí te digo que deberías pensar en tu futuro, en la cantidad de posibilidades que perderás cuando cierren la estación y no podamos llegar ya hasta Ciudad Capital. Jimmy, aún tienes 19 años y una vida entera por delante. Deja al viejo James con su granja y vuela a la gran ciudad, vive como siempre soñamos nosotros y jamás lo conseguimos.

- Pero Luke -respondió Jim- ¿qué podría hacer yo allí? Solo sé cuidar animales y a penas sé leer. Estaría perdido en la gran ciudad, no tengo ninguna intención de moverme de aquí.

- ¡El chico tiene razón! -interrumpió Bryan-. ¡Deja de meterle pájaros en la cabeza! ¡Bernard, otra cerveza para mí!

- Siempre se ha oído que se trabaja mucho en las fábricas -continuó Luke- pero se gana lo suficiente para tener una cama donde dormir, comer y guardar algo de dinero para el futuro. Además allí hay gente adinerada, te puedes presentar al servicio como mayordomo o como camarero sirviendo en restaurantes. Posibilidades hay muchas, chico, deberías planteártelo.

Jim siguió escuchando sin convencimiento mientras la charla de los tres continuó animada hasta bien entrada la madrugada. Al amanecer del día siguiente el joven se despertó tarde y algo resacoso. Su madre lo recibió seria en la cocina.

- Hay que ordeñar a las vacas y ya vas tarde ¿dónde estuviste ayer?

- En la taberna de Bernard, con Bryan y Luke.

- Seguro que estuvisteis bebiendo toda la noche.

- Tuvimos que acompañar a Bryan a su casa, estaba muy borracho para dar un solo paso él solo. Estuvimos bebiendo y hablando.

- ¿Y de qué hablas tú con esos viejos?

- Dicen que la próxima semana cerrará la estación de ferrocarril y ya no tendremos conexión con Ciudad Capital.

- ¿Cuándo dices?

- El día 6, jueves creo, a las 5 de la tarde sale el último tren hacia Ciudad Capital.

- ¿Nos van a quitar el ferrocarril?

- Eso parece.

- ¿Cómo han podido permitirlo? James, hijo mío, nos van a quitar nuestra única vía a la gran ciudad.

- ¿Y para qué quiere usted ir a la gran ciudad, madre?

- Yo no la quiero para nada. Cuando era joven siempre quise coger un tren e irme a vivir a Ciudad Capital. Pero me casé con tu padre y tuve que ayudarle con la granja, locuras que se hacen por amor. Yo no quiero ir a la ciudad, hijo, lo digo por ti, por tu futuro fuera de este pueblo, donde puedas vivir mejor que ahora. Pero esa oportunidad se va a acabar.

- ¡Oh, madre! ¿Tú también vienes con esas? No quiero salir de este pueblo, estoy muy a gusto en la granja, me gusta cuidar de los animales ¿por qué os ha dado a todos por decir que lo que hago no es bueno? ¿Qué mal estoy haciendo?

- Tu conformismo es el mal que haces. Mira a tu padre, desde la misma edad que tú empezó en esta misma granja a cuidar de las vacas de su padre, ha soportado fríos inviernos en el campo y cada año ha ido enfermando más y no tenemos dinero para sus medicinas. James, no me gustaría que tú siguieras el mismo camino. Es un trabajo muy honrado pero muy sacrificado.

- ¿Y qué haríais vosotros en la granja sin mí? Padre ya no puede tirar de ella.

- Confío en que la venda un día y compremos una casita en el pueblo, allí puedo hacer trabajos de costura para ir saliendo adelante, de eso no debes preocuparte.

- No, madre, no os dejaré. No dejaré esta granja ni el pueblo en el que nací y me crié.

Jim se levantó enfadado y fue al establo donde las vacas nerviosas se impacientaban para ser ordeñadas. Durante todo el día permaneció serio y habló poco durante la comida. Parecía que todo el mundo se hubiera conjurado en su contra para restregarle en la cara que toda su corta vida no había hecho otra cosa que resignarse con lo que le había venido y que así seguiría el resto de su vida.

Al día siguiente fue domingo y acudió a la Iglesia como acostumbraba cada semana. Escuchó el sermón y rezó por la salud de su padre y por la suya para tener fuerzas suficientes para seguir con la vida en la granja. A la salida de la Iglesia escuchaba cómo los corrillos de gente se olvidaban del tema del sermón y cuchicheaban cosas acerca del cierre de la estación. Algo que le pareció una falta de respeto. Montó sobre su bicicleta y volvió a casa pedaleando fuerte y enfadado.

Esa misma noche, mientra yacía sobre la hierva mirando las estrellas volvió a recordar la salida de la Iglesia. Si bien en un primer instante revivió el enojo del momento, más tarde recordó las caras de agravio y seriedad con las que hablaban sus convecinos. ¿Tan grave era que quitaran el paso del tren por el pueblo? ¿Tan importante era tener esa comunicación con Ciudad Capital? No entendía nada, ni le importaba. Seguiría en la granja.

Durante los tres siguientes días trabajó con los animales con la ayuda de su padre, que se encontraba algo mejor, mientras los pensamientos sobre el dichoso ferrocarril iban y venían. Habló de ello con su padre, el cual se mostró tan indiferente como Jim al principio.

- Querida -dijo el padre de Jim a su mujer durante la comida-, ¿qué día es hoy? Hay que pagar el arriendo del remolque.

- No te preocupes, vendrán mañana a cobrarlo, estamos aún a miércoles.

- Aún es día 5... -dijo pensativo y agotado.

- Así es -respondió la madre-. El día 6 de cada mes es cuando vienen a cobrar: mañana; el mismo día que cierran la estación, ¿no es así James? ¿dijiste el jueves día 6? -preguntó seria dirigiéndole la mirada al chico.

- Sí, madre -dijo el muchacho disimulando haber captado la indirecta-. A las 5 de la tarde parte el último tren.

- Estoy muy cansado -bostezó el padre eludiendo el nuevo tema de conversación-. Voy a echarme un rato, necesito descansar, aún no estoy recuperado del todo -dijo mientras se levantaba.

- James, hijo mío -dijo la madre cuando el padre abandonó la cocina- ¿no has pensado aquello que te dije? ¿Ir a la ciudad?

Jim se mostró dubitativo y al final dijo:

- No lo sé, madre. No tenemos dinero para pagar el billete del tren. Y yo no quiero dejar el pueblo.

- El dinero no es problema James, tengo algo ahorrado que tu padre desconoce -dijo bajando la voz.

- No, madre. No iré a Ciudad Capital.

- Al menos piénsalo esta noche.

- No cambiaré de opinión.

La tarde transcurrió tranquila y los pensamientos de ir a la ciudad le atacaban de vez en cuando. Qué podría hacer un chico de pueblo allí. No conocía aquello, no sabía las formas de vida tan distintas que allí existían. Adónde iría cuando llegara, dónde tendría que acudir a pedir trabajo, dónde se hospedaría... tantas preguntas y ninguna respuesta y sin ganas de averiguarlo, él tan a gusto y con la vida ya resuelta en la granja, por qué debía complicarse en cambiar su bienestar por una nueva vida llena de enigmas.

Las palabras del viejo Luke también se repitieron en su cabeza durante toda la noche: "¿Cómo puede gustarte quitarle la mierda a los animales todas las mañanas? ¿Acaso quieres hacer eso el resto de tu vida?". Dio muchas vueltas y se despertó continuamente porque aunque insistía en negárselo sabía que no era eso lo que quería hacer hasta sus últimos días. Por qué no comenzar una nueva etapa.

En el desayuno y antes de que llegara su padre habló con su madre. Le dijo que había decidido probar suerte en Ciudad Capital, que ordeñaría a las vacas y limpiaría los establos durante la mañana y después de comer aceptaría su dinero e iría a la estación a comprar el billete de tren que lo llevaría a la ciudad.

Y así lo hizo, tras la comida y aprovechando el sueño de su padre cogió el dinero, hizo un hato con sus cuatro prendas de vestir y se despidió muy sentidamente de su madre, prometiéndole que volvería en un año como pudiera para volver a verlos. La madre con un sabor agridulce lloró en su hombro, triste por la marcha del hijo y feliz porque buscaría una vida más confortable.

Jim cogió su bicicleta y pedaleó tranquilo hasta el pueblo, tenía tiempo suficiente para comprar el billete y esperar en el andén. El pueblo se mantenía en la tranquilidad habitual. Dejó la bicicleta a un lado y entró en el edificio de la estación. Para su sorpresa todo estaba vacío. Caminó despacio mirando las ventanillas vacías. El silencio le hacía daño en sus oídos y sintió cierto mareo.

- ¡Eh, chico! ¿Qué buscas? -gritó un hombre al otro lado del pequeño vestíbulo.

- Quería comprar un billete para el último tren.

- Pues llegas tarde.

- ¿Cómo dice? -preguntó incrédulo-. ¿No sale esta tarde el último tren? Hoy es día 6, a las 5 de la tarde sale el último tren -insistió.

- No, muchacho. El último tren salió ayer, día 5, a las 6 de la tarde. Llegas con un día de retraso. La estación ya está cerrada.

Jim se quedó paralizado. El tren salió ayer. Se dio media vuelta sin dar las gracias y se quedó sentado en los escalones de la entrada mirando al infinito. Como no puso atención entendió mal la fecha y todas las esperanzas que se había hecho en las últimas horas se derrumbaron catastróficamente. Por eludir el tema, por no hacerle mucho caso, por empecinarse en seguir igual porque ya lo tenía todo... Cogería la bicicleta y volvería a la granja ante la sorpresa de su madre, pero antes se mantendría pensativo sentado durante un buen rato en las escaleras de la estación.

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