Doblé la esquina hacia el callejón. Allí, pegado a la pared estaba aquel hombrecillo. Me aproximé despacio, evitando pisar los charcos que la lluvia de la mañana había dejado. La tarde aún estaba cubierta por una bóveda de nubes negras. A lo lejos vi el resplandor de un relámpago y a los pocos segundos gruñó el trueno. Pronto volvería a llover.
Continué despacio hacia el hombre, mostrándole el cuchillo en mi mano derecha. Cuando llegué a su lado se agachó y se cubrió la cabeza con los brazos, intentando protegerse. Eché mi pierna derecha para atrás para coger impulso y le pegué una patada en un lado de la cabeza. Cayó sobre su costado derecho y los brazos inertes sobre el suelo dejaron su cara libre de toda protección. Volví a coger impulso con la pierna derecha y le di otra patada en toda la boca.
Un hilo de sangre comenzó a brotar de su nariz a la vez que sentía sobre mi cabeza las primeras gotas de la lluvia que se aproximaba. Me agaché junto a él, levanté el brazo y le descargué una puñalada en el estómago y seguidamente otras dos en el pecho, clavando el cuchillo bien profundo hasta los huesos asegurándome que llegara al corazón y lo dejara sin vida.
Un pequeño manantial de sangre salió de su boca y se juntó con un charco próximo, extendiéndose el llamativo color rojo rápidamente alrededor del cuerpo.
Saqué un pañuelo blanco del bolsillo del pantalón y concienzudamente limpié el cuchillo, tanto la hoja como el mango, y lo tiré al lado del hombre. Otro rayo rasgó el cielo y casi instantáneo retumbó el trueno en el callejón. Me di la vuelta para salir de la callejuela y cuando iba a guardarme el pañuelo me apercibí que estaba completamente manchado así que lo dejé caer sobre otro charco y enseguida se volvió rojo.
Caminé despacio hacia la salida, calmando mis nervios y relajando la respiración ayudándome de la monótona caída de las gotas de lluvia sobre mi cabeza. Debía estar sereno cuando llegara a casa para continuar sin problemas la sinfonía a piano que estaba interpretando cuando aquel impertinente vendedor de tupperwares a domicilio me interrumpió.
Al llegar al final del callejón giré hacia la izquierda y en ese instante comenzó a diluviar. Con las prisas se me olvidó coger un paraguas antes de salir. Ahora llegaría a casa calado hasta los huesos.
Continué despacio hacia el hombre, mostrándole el cuchillo en mi mano derecha. Cuando llegué a su lado se agachó y se cubrió la cabeza con los brazos, intentando protegerse. Eché mi pierna derecha para atrás para coger impulso y le pegué una patada en un lado de la cabeza. Cayó sobre su costado derecho y los brazos inertes sobre el suelo dejaron su cara libre de toda protección. Volví a coger impulso con la pierna derecha y le di otra patada en toda la boca.
Un hilo de sangre comenzó a brotar de su nariz a la vez que sentía sobre mi cabeza las primeras gotas de la lluvia que se aproximaba. Me agaché junto a él, levanté el brazo y le descargué una puñalada en el estómago y seguidamente otras dos en el pecho, clavando el cuchillo bien profundo hasta los huesos asegurándome que llegara al corazón y lo dejara sin vida.
Un pequeño manantial de sangre salió de su boca y se juntó con un charco próximo, extendiéndose el llamativo color rojo rápidamente alrededor del cuerpo.
Saqué un pañuelo blanco del bolsillo del pantalón y concienzudamente limpié el cuchillo, tanto la hoja como el mango, y lo tiré al lado del hombre. Otro rayo rasgó el cielo y casi instantáneo retumbó el trueno en el callejón. Me di la vuelta para salir de la callejuela y cuando iba a guardarme el pañuelo me apercibí que estaba completamente manchado así que lo dejé caer sobre otro charco y enseguida se volvió rojo.
Caminé despacio hacia la salida, calmando mis nervios y relajando la respiración ayudándome de la monótona caída de las gotas de lluvia sobre mi cabeza. Debía estar sereno cuando llegara a casa para continuar sin problemas la sinfonía a piano que estaba interpretando cuando aquel impertinente vendedor de tupperwares a domicilio me interrumpió.
Al llegar al final del callejón giré hacia la izquierda y en ese instante comenzó a diluviar. Con las prisas se me olvidó coger un paraguas antes de salir. Ahora llegaría a casa calado hasta los huesos.
Nunca te interpongas entre el artista y las musas.
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