martes, 29 de junio de 2010

La necesidad

Terminó de pasarse el pintalabios de color rojo ardiente y apretó los labios para fijarlo. Lo metió en el bolso y salió del baño hacia su dormitorio. Aún desnuda frente al espejo se colocó los pendientes, abrió el armario, cogió un vestido azul claro de falda corta, escote amplio y se lo puso. Se calzó unos zapatos negros de tacón fino, a juego con su melena azabache y con el bolso. Salió de casa sin ropa interior y cuando bajó a la calle llamó a un taxi.

Cuando llegó al hotel su cliente ya esperaba en la habitación, ansioso. Durante la siguiente hora se aseguró de dejarle bien satisfechos todos sus deseos sexuales. Concluido el tiempo el cliente exhausto, agotado y manteniendo el equilibrio pese a lo que parecía un pequeño mareo se vistió, metió la mano en el interior de la chaqueta, dejó un sobre con trescientos euros encima de la mesilla de noche y abandonó la habitación.

Ella aprovechó para darse una ducha fría. Una vez terminada cogió su bolso y volvió a maquillarse. En unos cuarenta minutos debería llegar a otro hotel donde la esperaba un nuevo cliente. Estaba muy solicitada. Al salir de la habitación cogió el sobre de la mesilla y lo metió en su escote. El boca a boca había hecho que se requirieran sus servicios sin ni siquiera haber puesto un anuncio en ningún sitio; tenía la agenda copada de citas y apenas tenía tiempo para hacer otras cosas, aunque le daba igual, lo necesitaba.

Cuando el ascensor llegó a la planta baja se despidió del recepcionista y salió a la calle. Allí al lado de la puerta había un mendigo. Metió la mano entre sus pechos, sacó el sobre que le había dado el cliente y se lo tiró al andrajoso.

Lo cierto es que no se prostituía por dinero, la hija de un banquero nunca tiene dificultades económicas. Ella trabajaba por vocación, disfrutaba realmente del sexo desenfrenado que le pedían aquellos hombres con los que se acostaba. Su sed de placer no tenía alivio y gozaba mucho más que sus clientes en cada cita. Cada vez necesitaba más y más sexo para mantenerse satisfecha.

Se aproximó a la calzada y llamó a un taxi. No quería hacer esperar a su próximo cliente... o mejor dicho, a sus propios deseos.

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