Llegó doblando la esquina sobre su bicicleta evitando los charcos grandes que se formaban entre el barro. Bajó los pies para frenar y ya detenido se bajó él del vehículo. Dejó la bicicleta apoyada en la agrietada pared, junto a la ventana y entró en la tienda de ultramarinos. La señora Josefa despachaba en ese momento al peluquero y aún estaba doña Irene esperando su turno detrás de él. Salió de nuevo y comprobó que la bicicleta estaba bien colocada, volvió a entrar y dio una vuelta por la pequeña tienda y cogió un bote de conservas de melocotón en almíbar. Lo tomó entre sus brazos y se colocó detrás de doña Irene que ya estaba pidiendo un cuarto de aceitunas.
Mientras esperaba pensó en su mañana en el colegio. Se miró los dedos de la mano izquierda, la sangre reseca rodeaba sus uñas y si presionaba con esos dedos volvía a ver el universo de estrellas que vio por la mañana cuando don Germán le castigó con la regla por no saberse aún de memoria la tabla del siete. Estudiar no era lo suyo, nunca prestaba atención porque aprenderse las cosas de memorieta le aburría. No recordaba las reglas gramaticales y las matemáticas le parecía un mundo ilógico lleno de tantas cosas para memorizar como las de la clase de historia. Mientras el profesor habla él se imagina ganando las carreras de bicicleta. Todo el mundo le aplaude a su alrededor mientras recoge un gran ramo de flores que más tarde entregará a su madre. Lo cierto es que era el más rápido en bicicleta de todos los chicos de su calle. Hubiera llovido o estuviese seco el barro él siempre llegaba el primero. Su sueño siempre había sido ganar todas las carreras de bicicletas y vivir con el dinero que conseguiría.
Doña Irene pagó y llegó su turno. Dejó el frasco de cristal sobre el mostrador y pidió medio kilo de patatas, dos cebollas, tres pimientos y una onza de chocolate. Lo metió todo en las bolsas de tela que se sacó del bolsillo de atrás de sus pantaloncitos, pagó y salió de la tienda.
Al salir su bicicleta no estaba. Miró a ambos lados de la calle pero se la habían robado así que tuvo que ir cargando con las bolsas hasta llegar a casa. Nada más dejarle a su madre la compra en la cocina lo primero que hizo fue subir a su cuarto y ponerse a estudiar la tabla del siete.
Mientras esperaba pensó en su mañana en el colegio. Se miró los dedos de la mano izquierda, la sangre reseca rodeaba sus uñas y si presionaba con esos dedos volvía a ver el universo de estrellas que vio por la mañana cuando don Germán le castigó con la regla por no saberse aún de memoria la tabla del siete. Estudiar no era lo suyo, nunca prestaba atención porque aprenderse las cosas de memorieta le aburría. No recordaba las reglas gramaticales y las matemáticas le parecía un mundo ilógico lleno de tantas cosas para memorizar como las de la clase de historia. Mientras el profesor habla él se imagina ganando las carreras de bicicleta. Todo el mundo le aplaude a su alrededor mientras recoge un gran ramo de flores que más tarde entregará a su madre. Lo cierto es que era el más rápido en bicicleta de todos los chicos de su calle. Hubiera llovido o estuviese seco el barro él siempre llegaba el primero. Su sueño siempre había sido ganar todas las carreras de bicicletas y vivir con el dinero que conseguiría.
Doña Irene pagó y llegó su turno. Dejó el frasco de cristal sobre el mostrador y pidió medio kilo de patatas, dos cebollas, tres pimientos y una onza de chocolate. Lo metió todo en las bolsas de tela que se sacó del bolsillo de atrás de sus pantaloncitos, pagó y salió de la tienda.
Al salir su bicicleta no estaba. Miró a ambos lados de la calle pero se la habían robado así que tuvo que ir cargando con las bolsas hasta llegar a casa. Nada más dejarle a su madre la compra en la cocina lo primero que hizo fue subir a su cuarto y ponerse a estudiar la tabla del siete.
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