La miró entrar cargada de manzanas sobre su mandil desde el huerto y giró hacia su derecha para entrar en la sala donde estaba él sentado en el sillón.
- Mira Amador, ya vuelven a salir manzanas buenas -dijo mientras vertía toda la fruta sobre la mesa-. Creí que el manzano estaba muerto y solo tendríamos manzanas podridas para comer, pero no va a ser así.
- Me alegro mucho, querida -respondió mientras su mujer comenzaba a colocar las manzanas en el frutero vacío de la mesa.
- ¿Qué le echaste a la tierra? Estas piezas huelen estupendamente -dijo pasándose una de las manzanas por la nariz.
- Nada -espetó agachando la cabeza.
- ¿Nada? Pues estuviste casi dos horas removiendo la tierra la semana pasada. Qué harías.
- No eché nada -dijo aún con la cabeza gacha mirándose las manos-. En realidad lo que hice fue quitar algo -continuó volviéndose muy despacio hacia ella.
- ¿Y qué fue eso que quitaste?
Amador parecía nervioso, no sabía muy bien por donde empezar.
- Querida, tengo que contarte algo -respondió al fin.
- Amador, no me asustes.
- Verás... no sé cómo decírtelo... Ahí, bajo el manzano, enterré el cuerpo de tu madre. Yo la maté. Su cadáver estaba pudriendo la fruta y lo desenterré de allí -pudo decir del tirón.
- ¡Ay! ¡Pero qué me dices!
- Me inventé que se había vuelto a escapar cuando en realidad la maté a garrotazos con el mismo palo con el que mato los conejos. Aproveché tu salida al mercado...
- Pero Amador ¡eso es fantástico! -interrumpió y se sentó en el sillón de al lado-. ¡Por fin nos hemos deshecho de esa vieja! Parecía que tuviera un pacto con el demonio para que no se la llevara de este mundo. Ese saco de huesos al fin nos dejó en paz. Aún temía que volviera de su escapada esa loca. Me quedo mucho más tranquila al saber que ya no va a volver.
Amador destensó sus hombros y dejó escapar una pequeña sonrisa al ver la aprobación de su esposa.
- Querido ¿sabes lo que todo esto significa?
- ¡Claro! ¡Ya podemos vender esta maldita casa! -dijo con gran entusiasmo.
- ¡Pero qué estás diciendo! ¡Esta casa no la venderemos! -respondió indignada-. Es una casa muy grande con su huerto y su corral. Ni en sueños la vendería. La muerte de la vieja significa la paz y la felicidad que llevamos años esperando. Ya no tendremos que soportar su locura ni su mal humor. Amador, es ahora cuando podemos ser felices.
- Claro querida, es cierto -dijo Amador decepcionado y bajando la mirada.
- Por cierto ¿dónde dejaste su cuerpo?
- Lo llevé al bosque. Las bestias ya la habrán devorado y no habrán dejado ningún rastro -respondió mirándose las manos con un hilo de voz, como si se le estuviera yendo la vida por segundos.
- ¡Ay Amador! Creí que nunca harías nada para deshacernos de mi madre. Saca el coñac, esto debemos celebrarlo.
- Ahora mismo querida.
Amador se levantó y fue hacia el mueble donde guardaban las botellas. Cogió un par de vasos.
Mientras, su mujer seguía sentada en el sillón moviendo los brazos y la boca hablando para sí misma, haciéndose aún a la idea de la nueva vida que le esperaba, planeando cambiar varias cosas de la casa que su madre siempre le había impedido. Ahora la casa donde nació y se crió era suya y podría hacer y deshacer en ella todo cuanto deseara.
- Amador ¿por qué estás tardando tanto con el coñac?
- Lo estoy preparando querida -respondió nervioso.
Amador se dio media vuelta y fue a la mesa con ambos vasos en las manos. Le tendió uno a su mujer y dejó el suyo apoyado mientras se sentaba en el sillón. Su mujer daba el primer sorbo.
- ¡Umh! -dijo retirándose el vaso de los labios-. Esto sabe muy bien ¿qué le has echado?
- Una... un par de gotas de menta, querida -dijo intentando ocultar su nerviosismo.
Amador miraba atento con los ojos muy abiertos cómo su mujer terminaba con el líquido de un trago. Con la tranquilidad de ver el vaso de su mujer vació cogió el suyo y empezó a darle sorbos satisfecho.
"Cuánto dinero podrían darme por esta casa", se preguntó.
- Mira Amador, ya vuelven a salir manzanas buenas -dijo mientras vertía toda la fruta sobre la mesa-. Creí que el manzano estaba muerto y solo tendríamos manzanas podridas para comer, pero no va a ser así.
- Me alegro mucho, querida -respondió mientras su mujer comenzaba a colocar las manzanas en el frutero vacío de la mesa.
- ¿Qué le echaste a la tierra? Estas piezas huelen estupendamente -dijo pasándose una de las manzanas por la nariz.
- Nada -espetó agachando la cabeza.
- ¿Nada? Pues estuviste casi dos horas removiendo la tierra la semana pasada. Qué harías.
- No eché nada -dijo aún con la cabeza gacha mirándose las manos-. En realidad lo que hice fue quitar algo -continuó volviéndose muy despacio hacia ella.
- ¿Y qué fue eso que quitaste?
Amador parecía nervioso, no sabía muy bien por donde empezar.
- Querida, tengo que contarte algo -respondió al fin.
- Amador, no me asustes.
- Verás... no sé cómo decírtelo... Ahí, bajo el manzano, enterré el cuerpo de tu madre. Yo la maté. Su cadáver estaba pudriendo la fruta y lo desenterré de allí -pudo decir del tirón.
- ¡Ay! ¡Pero qué me dices!
- Me inventé que se había vuelto a escapar cuando en realidad la maté a garrotazos con el mismo palo con el que mato los conejos. Aproveché tu salida al mercado...
- Pero Amador ¡eso es fantástico! -interrumpió y se sentó en el sillón de al lado-. ¡Por fin nos hemos deshecho de esa vieja! Parecía que tuviera un pacto con el demonio para que no se la llevara de este mundo. Ese saco de huesos al fin nos dejó en paz. Aún temía que volviera de su escapada esa loca. Me quedo mucho más tranquila al saber que ya no va a volver.
Amador destensó sus hombros y dejó escapar una pequeña sonrisa al ver la aprobación de su esposa.
- Querido ¿sabes lo que todo esto significa?
- ¡Claro! ¡Ya podemos vender esta maldita casa! -dijo con gran entusiasmo.
- ¡Pero qué estás diciendo! ¡Esta casa no la venderemos! -respondió indignada-. Es una casa muy grande con su huerto y su corral. Ni en sueños la vendería. La muerte de la vieja significa la paz y la felicidad que llevamos años esperando. Ya no tendremos que soportar su locura ni su mal humor. Amador, es ahora cuando podemos ser felices.
- Claro querida, es cierto -dijo Amador decepcionado y bajando la mirada.
- Por cierto ¿dónde dejaste su cuerpo?
- Lo llevé al bosque. Las bestias ya la habrán devorado y no habrán dejado ningún rastro -respondió mirándose las manos con un hilo de voz, como si se le estuviera yendo la vida por segundos.
- ¡Ay Amador! Creí que nunca harías nada para deshacernos de mi madre. Saca el coñac, esto debemos celebrarlo.
- Ahora mismo querida.
Amador se levantó y fue hacia el mueble donde guardaban las botellas. Cogió un par de vasos.
Mientras, su mujer seguía sentada en el sillón moviendo los brazos y la boca hablando para sí misma, haciéndose aún a la idea de la nueva vida que le esperaba, planeando cambiar varias cosas de la casa que su madre siempre le había impedido. Ahora la casa donde nació y se crió era suya y podría hacer y deshacer en ella todo cuanto deseara.
- Amador ¿por qué estás tardando tanto con el coñac?
- Lo estoy preparando querida -respondió nervioso.
Amador se dio media vuelta y fue a la mesa con ambos vasos en las manos. Le tendió uno a su mujer y dejó el suyo apoyado mientras se sentaba en el sillón. Su mujer daba el primer sorbo.
- ¡Umh! -dijo retirándose el vaso de los labios-. Esto sabe muy bien ¿qué le has echado?
- Una... un par de gotas de menta, querida -dijo intentando ocultar su nerviosismo.
Amador miraba atento con los ojos muy abiertos cómo su mujer terminaba con el líquido de un trago. Con la tranquilidad de ver el vaso de su mujer vació cogió el suyo y empezó a darle sorbos satisfecho.
"Cuánto dinero podrían darme por esta casa", se preguntó.