martes, 2 de junio de 2009

Águeda

Son simples recuerdos. Recuerdos que han debido quedarse congelados en el tiempo. Recuerdos que creí haber olvidado.

Veo a mi vecina Águeda. Doña Águeda para ser más exactos. Es una mujer mayor, una viejecita. Yo debo de ser una niña de unos ocho años. El recuerdo de doña Águeda es nítido. Veo a una mujer viuda con mal genio que asoma por la puerta de su casa para quejarse cuando yo llego riéndome alto mientras subo las escaleras hasta llegar a mi casa. Doña Águeda era mi vecina de al lado. Si jugaba en casa haciendo algo de ruido, ella pegaba golpes en la pared para que me calmara. Tenía un gato negro. Todas las mujeres solitarias y olvidadas tienen un gato negro. El suyo se llamaba Álvaro.

También recuerdo nítidamente a doña Águeda como una vecina buena. Cuando a mamá le faltaba algo para cocinar acudía a ella. Yo iba junto a mi madre en la expedición y así lograba entrar en su casa. Dentro doña Águeda me daba siempre un caramelo de anís con una sonrisa. Siempre tenía caramelos de anís. No sé por qué doña Águeda tenía huevos y sal en casa, yo siempre la veía comiendo caramelos de anís. Una vez le pregunté a mi madre por los caramelos de Águeda y me contestó que era mayor y se le secaba la boca y siempre tenía caramelos a mano. Recuerdo otra vez a doña Águeda llorando en su casa. Me acerqué a ver qué le pasaba y me dio un abrazo mientras seguía llorando. Se ha muerto su hija, me contó después mi madre. También la recuerdo cuando al llegar por la tarde del colegio siempre me saludaba con un Adiós bonita.

Álvaro era como su dueña, unas veces era antipático y otras veces un encanto. Siempre que estaba doña Águeda delante y me acercaba a él me sacaba los dientes y erizaba el rabo. En cambio cuando se colaba a mi terraza desde la suya se dejaba acariciar. Recuerdo su ronroneo con los ojillos cerrados mientras le rascaba por debajo del cascabel panza arriba.

Me dan escalofríos estos recuerdos porque aunque son nítidos también son contradictorios. Tal vez no fueran tan malos en unos momentos y tan buenos en otros el gato y la dueña y todo sea una mala jugada de mi memoria.

Pero me resulta tan inquietante que se agolpen todos estos recuerdos ahora. Ha sido instantánteo, me he echado a la boca un caramelo de anís y nada más paladearlo ha venido todo este torrente de pensamientos a mí. Y sólo por el sabor. Qué tantas cosas más me oculta mi cerebro que me ha hecho evocar aquellos momentos después de más de veinte años, que es el tiempo que lleva muerta doña Águeda y a la que había olvidado por completo.

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