Estaba Cristóbal paseando tranquilamente por el mercado frente a un puesto de gallinas donde colgaban varios pollos desplumados boca abajo cuando dio un respingo al notar la vibración del celular. Descolgó el teléfono apresurado y contestó.
- Cristóbal ¿dónde demonios estás?
- En el mercado.
- ¿Cómo que en el mercado? ¿Acaso no sabes qué hora es?
- Claro que lo sé -dijo mirándose la muñeca-. Son las diez menos cuarto.
- Y el valimiento es a las diez en punto ¿No querrás hacer esperar a la Reina?
- ¿A las diez? ¿Creí que era a las once?
- ¿Cómo a las once? ¡A esa hora la Reina siempre está en Misa!
- Pues voy para allá ahora mismo, no sabía que fuera tan católica.
- ¡Ya deberías haber llegado!
Colgó el teléfono y salió disparado para llegar a tiempo. Cuando llegó, fray Hernando deambulaba nervioso en la puerta.
- Por fin estás aquí -dijo.
- Aún faltan dos minutos -se excusó Cristóbal.
Juntos pasaron a la antesala donde esperaron a que fuera anunciada su presencia. Cristóbal aprovechó para quitarse la nieve de los zapatos dando pisotones, y así descargar parte de los nervios que se habían dispersado por todo el cuerpo. El invierno de Talavera era tan crudo como en el resto de Castilla. Por fin escucharon el anuncio.
- El fraile Hernando y el navegante Cristóbal Colón -dijo una voz seca en mitad de la puerta.
Ambos pasaron a la gran sala con el paso sincronizado y se detuvieron a mitad para hacer la reverencia. La Reina Isabel de Castilla presidía el salón sentada en su trono. Fue ella quien empezó a hablar.
- Navegante Colón, al fin os conozco. El Real Consejo desestimó vuestra propuesta, aún así, tanto su amigo fraile como la tía de mi marido no han parado de hablarme de vos.
- Es mi honor conocerla, majestad. Es cierto que tanto Hernando como la abadesa de Santa Clara han hecho todo lo posible para traerme a vuestra presencia -y volvió a hacer una reverencia.
- Me han dicho que quieréis llegar a oriente por el oeste ¿Es eso cierto?
- Así es majestad -e hizo otra reverencia.
- ¿Pero quién sabe qué hay más allá de Finisterre? ¡Un abismo!
- Hay pergaminos y escritos de otros navegantes que indican que no es así exactamente -dijo Colón intentando no contradecir a la Reina.
- Pero más al oeste no hay nada ¿o acaso os atrevéis a cuestionar a Google Maps?
- No majestad, en absoluto. Solo digo que el trabajo del prestigioso cartógrafo Maps está incompleto.
- Dad un paso al frente y explicaos -exhortó la Reina Isabel.
Colón avanzó y abrió los brazos para comenzar la explicación. Momento éste en el que se dio cuenta que había cogido algo del puesto de pollos y con la prisas no lo había devuelto; comenzó a dar sus explicaciones con una mano abierta y la otra cerrada en puño. La Reina escuchaba muy atenta las teorías del marinero sobre la redondez de La Tierra, cómo el este y el oeste se juntaban en una misma linea y de las tierras que se encontraban a mitad de camino. La Reina se apercibió de las manos del navegante y cuando Cristóbal terminó su explicación asintió seria y dijo:
- ¿Qué es lo que lleváis en la mano, marinero?
Cristóbal extendió el brazo y se lo mostró.
- Un huevo -dijo sonrojándose.
- ¿Y para qué es ese huevo?
Cristóbal dudó un momento y después respondió.
- Para hacerme una tortilla francesa.
La reina lo miró seria.
- ¿Francesa? ¿Y por qué no una tortilla española?
- Sin ánimo de corregíos, majestad, pero aún no he descubierto América y no he traído las patatas -la reina asintió-. Además yo quiero llegar a Oriente para abrir una nueva ruta de mercado y poder traer las especias de la India, los tejidos de Mongolia...
- Y las Nintendo de Cipango -le interrumpió la Católica.
- Eso también, majestad -Cristóbal hizo una reverencia más.
- Pero sigo sin entender lo de la esfera, ponedme un ejemplo -replicó meditabunda.
El navegante volvió a explicarle su teoría, esta vez gesticulando con brazos y manos todo lo que pudo, intentando dibujar en el aire un plano y haciendo juntar sus bordes mediante mímica, haciendo giros de brazos mientras daba explicaciones verbalmente... hasta que el huevo que tenía en el puño salió disparado en el aire. Tanta mala suerte tuvo el marinero que fue a caer a la cabeza de la Católica, cascándose en dos mitades y manchando toda su cara y ropa. Colón se quedó inmóvil con los ojos como platos esperando la reacción de la Reina. También fray Hernando, que aún permanecía un paso más atrás, quedó parado con la boca abierta.
La reina levantó su mano derecha y se quitó el huevo del ojo y la cara. Dejó caer los dos trozos de cascarón al suelo y quedó quieta observándolos junto a sus pies, un trozo al lado del otro, ambos boca abajo. Les dio un pisotón sin levantarse del trono y comprobó el resultado: lo que antes era una esfera, ahora es plano. Al fin levantó la cabeza y dijo:
- Ahora sí lo he comprendido -Cristóbal seguía inmóvil. La reina prosiguió hablando-. ¿Y qué es lo que queréis a cambio?
Cristóbal metió la mano entre sus pantalones, sacó un pergamino enrollado, lo desplegó hasta el suelo y comenzó a leer la larga lista de peticiones que tenía preparada. Al terminar de leer, unos diez minutos más tarde, miró a la Reina que lo observaba atónita.
- ¿Alguna cosa más, marinero? -preguntó la Católica sarcásticamente.
Colón hizo memoria durante unos segundos, repasando todo por si se había dejado algo y dijo:
- Un huevo. Para la cena de esta noche.
Tras la cena, mientras fray Herando daba a Cristóbal unas friegas en su contusionada espalda y se congratulaban de que la Reina hubiese accedido a devolver la propuesta al Real Consejo para que fuera estudiada de nuevo, le prometió al navegante que si al final conseguía lo que pretendía dejaría constancia de la anécdota del huevo.
Finalmente Colón consiguió lo que quería.
ResponderSuprimirCogió el avión, que salía a media noche, y en 10 horas de vuelo, y tras tomarse un gin tonic servido por la guapa azafata Stella, llegó a su destino. América. Con el pertinente retraso de 2 horas y media.
Caracolo, no te adelantes ni me rompas la historia :_( que tengo que escribir el resto.
ResponderSuprimirPD: Yo la llamaría Ana Stella, queda más... sudamericano? XD