Diciembre 18 de 1921
Querido Bartholomew:
Vi tu carta y fui a sentarme rápidamente ansiosa por leerla. Me has dejado triste, muy triste. Jamás pensé que acabarías haciéndolo. Pero lo he estado pensando mucho, intentándolo asimilar y aunque aún me duele cuando lo pienso no puedo más que darte la razón.
Dicen que la distancia hace el olvido, pero yo aún no te he olvidado, no he podido, no me he atrevido. Ojalá tardemos en vernos. Tu felicidad es ahora lo único que me queda y aunque me haga daño tú debes continuar el camino que me vi forzada a interrumpir.
Tengo esa rosa sobre mis rodillas; me llega su suave perfume… el suave recuerdo del primer ramo de rosas blancas que me regalaste y pusiste en un jarrón sobre la mesa de la cocina.
Es lo único que me quedan: recuerdos. Y todos tuyos.
Espero que vengas pronto a visitarme. Aquí dejaré la carta para cuando vuelvas. Dejo también nuestra alianza, mi alianza.
Colocaré de nuevo la lápida y me quedaré de nuevo a oscuras metida en el ataúd… esperándote.
Contaré cada hora para volver a verte. Hasta entonces, sé muy feliz. Quien mucho te quiere
Grabrielle
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