Antes de acostarse, se postró sobre la cama de rodillas y comenzó a hacer sus oraciones. Necesitaba ayuda para superar sus problemas y era capaz de agarrarse a un clavo ardiendo. De un tiempo a esta parte todo le había salido mal y tal como hizo en otras ocasiones se puso a rezar como rezó antaño, con fuerza, con empeño, sabiendo que al final todo se solucionaría de algún modo y las aguas volverían al cauce de donde se habían desviado.
No creía en Dios, ni en Alá, ni en Buda... no creía en poderes mágicos ni en milagros ocurridos a gente humilde. No iba a misa ni se confesaba, aborrecía los discursos de los curas pero cuando tenía problemas comenzaba a rezar. ¿Qué buscaba entonces, si no consuelo divino? Prefería tener esa respuesta enterrada en un pensamiento subconsciente que intentaba salir con fuerza pero que no llega a aflorar, y es que el cerebro establece sus propios sistemas de defensa.
No quería pensar en ello, pero esa razón enterrada mandaba destellos a su consciente y podía interpretarla sin problemas. Había escogido la posición más facil, la más cómoda, la de creer que su situación actual había ocurrido por designios del destino y que como tal, saldría de ella del mismo modo, a sabiendas que mientras él estaba arrodillado suplicando al cielo, otros trabajaban y movían los hilos necesarios para que indirectamente y con solo un poco de suerte, ese esfuerzo que habían hecho otros repercutiera en él, que no había movido un dedo.
Entonces estaría seguro de que sus oraciones habrían sido escuchadas y que había un ser superior que se apiadó de él.
Amén.
No creía en Dios, ni en Alá, ni en Buda... no creía en poderes mágicos ni en milagros ocurridos a gente humilde. No iba a misa ni se confesaba, aborrecía los discursos de los curas pero cuando tenía problemas comenzaba a rezar. ¿Qué buscaba entonces, si no consuelo divino? Prefería tener esa respuesta enterrada en un pensamiento subconsciente que intentaba salir con fuerza pero que no llega a aflorar, y es que el cerebro establece sus propios sistemas de defensa.
No quería pensar en ello, pero esa razón enterrada mandaba destellos a su consciente y podía interpretarla sin problemas. Había escogido la posición más facil, la más cómoda, la de creer que su situación actual había ocurrido por designios del destino y que como tal, saldría de ella del mismo modo, a sabiendas que mientras él estaba arrodillado suplicando al cielo, otros trabajaban y movían los hilos necesarios para que indirectamente y con solo un poco de suerte, ese esfuerzo que habían hecho otros repercutiera en él, que no había movido un dedo.
Entonces estaría seguro de que sus oraciones habrían sido escuchadas y que había un ser superior que se apiadó de él.
Amén.
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