viernes, 31 de octubre de 2008

Querida Gabrielle

Tennessee, Octubre 25 de 1921

Querida Gabrielle:

Han pasado dos largos meses desde la última vez que nos vimos. Han ocurrido muchas cosas pero seré escueto. Antes que nada decirte que te echo mucho de menos y que no pasa una sola hora sin que me acuerde de ti. Cuento ansioso los días que faltan para volvernos a ver, para poder enlazar de nuevo tus manos con las mías… y besarte.

Tenessee no es una ciudad muy grande y puede resultar confortable vivir en ella, pero entre la semana los humos de las fábricas no dejan ver el sol con claridad y la gente está de mal humor. He de reconocer que me contagian ese estado de ánimo y me enfado conmigo mismo por no poder verte.

Pronto inaugurarán una vía de ferrocarril nueva y dicen que un billete para el tren costará nueve peñiques menos.

Tu recuerdo constante me hace daño. No puedo apartar la imagen de tus ojos de mi mente y me miran una y otra vez. Acepté este puesto de trabajo para mejorar pero me resulta imposible vivir…

Así que he sacado fuerzas y me he propuesto olvidarte. Estoy seguro que leerás esta carta que dejaré junto a una rosa blanca de las que tanto te gustan sobre tu lápida. No sé cómo, pero estoy convencido que de algún modo la leerás.

Sin más se despide, triste y roto aún por tu recuerdo, tu fiel amado

Bartholomew

martes, 28 de octubre de 2008

Hay un monstruo debajo de mi cama

Hay un monstruo debajo de mi cama que ensucia el suelo y lo raya. Quiere que me asome para arañarme la espalda. Aunque me cubro con mi manta morada me hace temblar como una llama al escuchar cómo sus uñas gastadas se rompen bajo mi almohada.

Hay una bruja que me llama desde la ventana, quiere que me asome y me caiga. Veo su silueta recortada mientras vuela amargada delante de la luna menguada. La otra madrugada me lazó una de sus ranas a la ventana pero quedó aplastada sobre la fachada y al poco cayó mareada al suelo justo al lado de la paja del granero.

Hay un cuervo en la punta de una rama del árbol que hay frente a mi ventana. Veo mover sus alas desgarradas en la sombra alargada que se proyecta en la pared de mi estancia. Quiere que baje de la cama y suba del todo mi persiana para entrar y arrancarme la mirada.

Hay una marioneta colgada y enredada en una de las perchas doradas del perchero de la entrada. Ríe a carcajadas vestida con su traje de lana hecho con figuras recortadas de sábanas gastadas. Quiere que me acerque a desenredarla para después con su risa malvada desgajarme el corazón de una puñalada.

En las noches extraviadas recuerdo las palabras de la balada que me cantaba la niñera que me cuidaba: "Noy hay monstruos bajo la cama, no hay brujas amargadas ni pájaros en la ventana, no hay marionetas enredadas en la puerta de la entrada. Sólo una mente asustada que elucubra sonidos en la madrugada ¿no ves que a la mañana todo se acaba?".

sábado, 25 de octubre de 2008

El cuentacuentos


El profesor se limpió las lentes y guardó el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta. Alzó los brazos hasta alcanzar la ventana y se empinó para ver a través de los barrotes de la celda, pero solo consiguió ver el cielo lleno de estrellas. Aún no entendía que a sus 49 años hubiera dado con sus huesos en el calabozo.

La tarde en que lo detuvieron salió de comer de su casa y a las cuatro en punto de la tarde ya estaba tomándose su té. Se recostó sobre la silla leyendo el libro que lo había mantenido absorto en los últimos días y cuando terminó de memorizarlo lo cerró, pagó su cuenta y se dirigió al parque como hacía cada sábado.

Allí un pequeño grupo de niños acompañados de sus madres estaban ya esperándole. Se colocó en el centro y comenzó a hablar. Dejaba a los chiquillos boquiabiertos con las historias que cada fin de semana les contaba. Imitaba las voces de los personajes y exageraba con gestos los pasajes del cuento. Los niños reían y se asustaban y al acabar cada historia aplaudían agradecidos.

Pero esa tarde ocurrió algo inesperado. Un inspector que paseaba por el parque se acercó hasta el corrillo de gente y raudo llamó a la policía. Allí lo apresaron, lo esposaron y se lo llevaron. Lo único que le dijeron: "Queda usted detenido por divulgación de la cultura sin pago previo".

lunes, 13 de octubre de 2008

El muñeco de trapo

Lo encontró por la tarde cuando subió al desván y vio su baúl. Se acercó sigilosa, aún sin creer ver lo que estaba viendo, evitando hacer ruido con sus pasos en el piso de madera, como si estuviera robando en una casa ajena. Levantó la tapa y encontró todos los juguetes de cuando era niña. Enseguida vio su muñeco de trapo. No lo podía creer, lo había olvidado por completo. Aquel muñeco relleno de serrín había sido su inseparable compañero de juegos durante años… y lo había olvidado.

Lo cogió y lo bajó para la casa. Cuántos recuerdos le venían ahora a la cabeza. Agarró la cesta de la costura y comenzó a remendar cada roto. Fijó el trozo de tela que hacía de sonrisa, apretó los cabellos de lana con hilo marrón bajo el sombrero dorado de paja, le colocó en su sitio uno de los botones que hacía la vez de ojo, unió el brazo derecho al cuerpo y le ajustó el tirante… hasta que por fin, su pequeño espantapájaros relleno de limaduras de madera tuvo un aspecto más que bueno.

Lo alzó al aire cogiéndolo de los dos bracitos para admirarlo. Se sentía tan orgullosa de haberlo recuperado que no se dio cuenta que se le había hecho tarde. Le daba igual, había recuperado una parte de su infancia ya olvidada. Sintiéndose con 20 años menos se metió en la cama abrazada fuerte a su muñeco y quedó dormida profundamente toda la noche.

Al abrir los ojos al día siguiente encontró al muñeco a su lado y sonrió feliz, pero tardó un poco en darse cuenta que se encontraba en su pequeña habitación decorada con colores y juguetes. Alzó las sábanas de florecillas y vio que su pijama amarillo vestía su cuerpecito. Volvía a tener siete años. No sabía decir si estaba dentro de un sueño o había soñado que encontraba a su muñeco en un baúl del desván. “¿Qué más da?” se dijo, y abrazó al muñeco prometiéndose así misma que jamás lo olvidaría.