Lo encontró por la tarde cuando subió al desván y vio su baúl. Se acercó sigilosa, aún sin creer ver lo que estaba viendo, evitando hacer ruido con sus pasos en el piso de madera, como si estuviera robando en una casa ajena. Levantó la tapa y encontró todos los juguetes de cuando era niña. Enseguida vio su muñeco de trapo. No lo podía creer, lo había olvidado por completo. Aquel muñeco relleno de serrín había sido su inseparable compañero de juegos durante años… y lo había olvidado.
Lo cogió y lo bajó para la casa. Cuántos recuerdos le venían ahora a la cabeza. Agarró la cesta de la costura y comenzó a remendar cada roto. Fijó el trozo de tela que hacía de sonrisa, apretó los cabellos de lana con hilo marrón bajo el sombrero dorado de paja, le colocó en su sitio uno de los botones que hacía la vez de ojo, unió el brazo derecho al cuerpo y le ajustó el tirante… hasta que por fin, su pequeño espantapájaros relleno de limaduras de madera tuvo un aspecto más que bueno.
Lo alzó al aire cogiéndolo de los dos bracitos para admirarlo. Se sentía tan orgullosa de haberlo recuperado que no se dio cuenta que se le había hecho tarde. Le daba igual, había recuperado una parte de su infancia ya olvidada. Sintiéndose con 20 años menos se metió en la cama abrazada fuerte a su muñeco y quedó dormida profundamente toda la noche.
Al abrir los ojos al día siguiente encontró al muñeco a su lado y sonrió feliz, pero tardó un poco en darse cuenta que se encontraba en su pequeña habitación decorada con colores y juguetes. Alzó las sábanas de florecillas y vio que su pijama amarillo vestía su cuerpecito. Volvía a tener siete años. No sabía decir si estaba dentro de un sueño o había soñado que encontraba a su muñeco en un baúl del desván. “¿Qué más da?” se dijo, y abrazó al muñeco prometiéndose así misma que jamás lo olvidaría.
Lo cogió y lo bajó para la casa. Cuántos recuerdos le venían ahora a la cabeza. Agarró la cesta de la costura y comenzó a remendar cada roto. Fijó el trozo de tela que hacía de sonrisa, apretó los cabellos de lana con hilo marrón bajo el sombrero dorado de paja, le colocó en su sitio uno de los botones que hacía la vez de ojo, unió el brazo derecho al cuerpo y le ajustó el tirante… hasta que por fin, su pequeño espantapájaros relleno de limaduras de madera tuvo un aspecto más que bueno.
Lo alzó al aire cogiéndolo de los dos bracitos para admirarlo. Se sentía tan orgullosa de haberlo recuperado que no se dio cuenta que se le había hecho tarde. Le daba igual, había recuperado una parte de su infancia ya olvidada. Sintiéndose con 20 años menos se metió en la cama abrazada fuerte a su muñeco y quedó dormida profundamente toda la noche.
Al abrir los ojos al día siguiente encontró al muñeco a su lado y sonrió feliz, pero tardó un poco en darse cuenta que se encontraba en su pequeña habitación decorada con colores y juguetes. Alzó las sábanas de florecillas y vio que su pijama amarillo vestía su cuerpecito. Volvía a tener siete años. No sabía decir si estaba dentro de un sueño o había soñado que encontraba a su muñeco en un baúl del desván. “¿Qué más da?” se dijo, y abrazó al muñeco prometiéndose así misma que jamás lo olvidaría.
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