sábado, 25 de octubre de 2008

El cuentacuentos


El profesor se limpió las lentes y guardó el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta. Alzó los brazos hasta alcanzar la ventana y se empinó para ver a través de los barrotes de la celda, pero solo consiguió ver el cielo lleno de estrellas. Aún no entendía que a sus 49 años hubiera dado con sus huesos en el calabozo.

La tarde en que lo detuvieron salió de comer de su casa y a las cuatro en punto de la tarde ya estaba tomándose su té. Se recostó sobre la silla leyendo el libro que lo había mantenido absorto en los últimos días y cuando terminó de memorizarlo lo cerró, pagó su cuenta y se dirigió al parque como hacía cada sábado.

Allí un pequeño grupo de niños acompañados de sus madres estaban ya esperándole. Se colocó en el centro y comenzó a hablar. Dejaba a los chiquillos boquiabiertos con las historias que cada fin de semana les contaba. Imitaba las voces de los personajes y exageraba con gestos los pasajes del cuento. Los niños reían y se asustaban y al acabar cada historia aplaudían agradecidos.

Pero esa tarde ocurrió algo inesperado. Un inspector que paseaba por el parque se acercó hasta el corrillo de gente y raudo llamó a la policía. Allí lo apresaron, lo esposaron y se lo llevaron. Lo único que le dijeron: "Queda usted detenido por divulgación de la cultura sin pago previo".

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