Ya nada sigue como seguía antes. No hay fuentes de agua fresca al lado de niños jugando en el parque. Ahora ni siquiera espero a que amanezca para levantarme. La semana no sé si acaba o empieza, no hay domingos, lunes ni martes. Ya no sé si es cansancio o es pereza, que cuando me dirijo a alguna parte siempre pasa por mi cabeza que allí ya estuve antes.
Ni el invierno es ya invierno, ni el verano es verano. Y hago otro intento, sabiendo que es en vano, pero no quiero dejar olvidado que cuando antes soplaba viento y fluía por mi mano podía sentir el aliento seco y templado de que, como decían los más viejos, la estación estaba cambiando.
Ya no oigo maullar a los gatos, ni ulular las grises palomas que viven en el campanario. Las cigüeñas ya no se asoman ni se paran desde lo más alto; no juegan ni hacen bromas en el aire, para no mirarnos. Ya no se asustan los pájaros de la plaza, cuando anda la gente a su lado, cargando bolsas o llevando cajas. Todas esas cosas nos abandonaron, las dejamos a un lado apartadas, se secaron y olvidaron.
Y miro el reflejo del sol que salpica en cada calle, en las fachadas, en los escaparates. Intento respirar ese olor a pan tierno y humeante que abundaba por todas partes. Pero todo eso pasó, y me sigue el pensamiento constante de que ya nada es como era antes.
Ni el invierno es ya invierno, ni el verano es verano. Y hago otro intento, sabiendo que es en vano, pero no quiero dejar olvidado que cuando antes soplaba viento y fluía por mi mano podía sentir el aliento seco y templado de que, como decían los más viejos, la estación estaba cambiando.
Ya no oigo maullar a los gatos, ni ulular las grises palomas que viven en el campanario. Las cigüeñas ya no se asoman ni se paran desde lo más alto; no juegan ni hacen bromas en el aire, para no mirarnos. Ya no se asustan los pájaros de la plaza, cuando anda la gente a su lado, cargando bolsas o llevando cajas. Todas esas cosas nos abandonaron, las dejamos a un lado apartadas, se secaron y olvidaron.
Y miro el reflejo del sol que salpica en cada calle, en las fachadas, en los escaparates. Intento respirar ese olor a pan tierno y humeante que abundaba por todas partes. Pero todo eso pasó, y me sigue el pensamiento constante de que ya nada es como era antes.
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