Se levantó de la silla y se plantó en mitad de la estancia, con la cabeza hacia arriba pero sin mirar a nada, absorto en sus pensamientos. Tenía la melodía en la cabeza a punto de salir. Con el brazo izquierdo en la espalda agitaba el derecho arriba y abajo mientras movía la boca sin emitir sonido alguno. Se detuvo. Abrió mucho los ojos. Sonrió y volvió hacia el piano donde escribió excitado la música sobre un pentagrama emborronado. Sentado con la espalda recta preparó las manos. Respiró profundo y comenzó a tocar la música que acaba de escribir.
Unas notas después paró de golpe. Se levantó enfadado y cogió con energía la partitura. La arrugó transformándola en una bola y la tiró a un lado de la habitación. Aún de pie dio un profundo suspiro y cerró los ojos. No le salía nada bien. No le venía la inspiración. Llevaba días detrás de aquella melodía que se resistía a salir de sus dedos.
La semana anterior recibió el encargo. La hija del duque se casaba el mes próximo y le habían encargado a él componer la sinfonía para el desposorio. Cinco meses atrás fue la sobrina del duque quien contrajo matrimonio y el maestro Gustavo fue el encargado de crear la música que acompañó al casamiento.
Fue una melodía suave y ligera como la brisa de primavera sin dejar de ser una composición solemne; de tempo lento, estimulante, como un corazón latente.
Manrique se veía ahora obligado a superar la sinfonía del que antaño fuera su compañero de estudios. La hija del duque lo exigía. Manrique era un gran compositor, sabía que podía hacerlo. Pero no lo conseguía.
Escribía todas sus ideas entre las cinco lineas horizontales impresas en los papeles amarillentos. En su cabeza sonaban bien pero una vez escuchadas al piano le parecía que estaban tocadas con los pies.
Una de las mañanas bajó al jardín y se sentó bajo uno de los robles con las partituras en blanco y la pluma. El contacto directo con la naturaleza le ayudaría a que las notas fluyeran de su mente al papel sin distorsiones.
A la tarde, mientras reproducía a piano todo el trabajo de la mañana, se acercó su hermana al escuchar tan hermosa melodía.
- Es muy bella -dijo Clara atravesando la puerta.
- ¡No, no y no! -gritó Manrique- No es lo que yo quiero.
- Pero es preciosa -le corrigió su hermana-. La hija del duque te felicitará al escucharla.
- Es una composición mediocre. La hija del duque me echará a los lobos cuando la escuche. Tengo que mejorarla.
Y acto seguido cogió las partituras e inició una vorágine de tachones y correcciones indiscriminada.
Los días pasaban y la fecha del enlace estaba cada vez más próxima. Manrique no comía y apenas dormía. Nada de lo que componía le parecía que estuviera a la altura. Qué le estaba pasando. Había compuesto piezas más complicadas que una simple sinfonía para una boda. Pero se le resistía.
Iba de su estudio al jardín y del jardín a su estudio. A veces pasaba por la cocina y comía algo. Dormía sentado echado en el escritorio o doblado frente al piano.
El día anterior al enlace de la hija del duque Manrique caminaba junto al acantilado con un fajo de hojas garabateadas bajo el brazo. Seguía sin tener nada que le gustara. La presión que sentía le impedía encontrar la melodía perfecta.
Sus insomnes ojos rojos se pararon a mirar una grieta del suelo y la siguió con la mirada hasta el muro del acantilado. Se acercó a él y contempló al otro lado cómo las olas de la bajamar rompían contra unas rocas lejanas.
Manrique respiró profundo el aroma del mar mientras subía su cabeza hacia el cielo. Los mechones enredados de su cabello revolotearon con la corriente del viento que traía a los veleros hacia el puerto. Pareció que la mente se le despejaba y la migraña que sufría desde hace algo más de una semana se atenuaba. Volvió a respirar de nuevo muy profundo.
Abrió los ojos hacia las nubes corredoras que avanzaban rápidas hacia la ciudad. Bajó la mirada y apoyó las manos fuertemente en el murete. Alzó la pierna derecha y apoyó la rodilla junto a las manos. Subió la pierna izquierda, se irguió y se colocó de pie encima del muro.
Agarrando bien las hojas con una de las manos abrió los brazos en cruz y volvió a inundar sus pulmones de la pureza del aire húmedo que venía del mar. La migraña estaba desapareciendo y tenía la mente despejada. Se puso de puntillas para recoger toda la brisa con su cuerpo y sentirse levitar.
No sabe si por accidente o tal vez, al sentirse incapaz de componer nada decente y por voluntad propia Manrique cayó al acantilado. Toda su vida pasó en forma de notas entre sus oídos: las nanas que su hermana Clara le cantaba de niño al dormir, las canciones infantiles interpretadas con el instructor, los salmos de los actos religiosos cantados en la Iglesia, los nocturnos de Chopin que le acompañaron desde que empezó a tocar y cuando finalmente se suponía que debía escuchar un réquiem la música paró y escuchó la última nota, corta como una semicorchea y seca como la de un instrumento de percusión; fue el sonido de su cráneo cuando se estrelló en la roca del acantilado
Quedó boca arriba con los ojos abiertos. Manrique ya no era consciente pero sus retinas aún recogían el suave descenso de sus partituras revoloteando al viento que llegaba desde el mar, frágiles como mariposas blancas y suaves como pañuelos de seda desprendidos del vestido de una dama.
Unas notas después paró de golpe. Se levantó enfadado y cogió con energía la partitura. La arrugó transformándola en una bola y la tiró a un lado de la habitación. Aún de pie dio un profundo suspiro y cerró los ojos. No le salía nada bien. No le venía la inspiración. Llevaba días detrás de aquella melodía que se resistía a salir de sus dedos.
La semana anterior recibió el encargo. La hija del duque se casaba el mes próximo y le habían encargado a él componer la sinfonía para el desposorio. Cinco meses atrás fue la sobrina del duque quien contrajo matrimonio y el maestro Gustavo fue el encargado de crear la música que acompañó al casamiento.
Fue una melodía suave y ligera como la brisa de primavera sin dejar de ser una composición solemne; de tempo lento, estimulante, como un corazón latente.
Manrique se veía ahora obligado a superar la sinfonía del que antaño fuera su compañero de estudios. La hija del duque lo exigía. Manrique era un gran compositor, sabía que podía hacerlo. Pero no lo conseguía.
Escribía todas sus ideas entre las cinco lineas horizontales impresas en los papeles amarillentos. En su cabeza sonaban bien pero una vez escuchadas al piano le parecía que estaban tocadas con los pies.
Una de las mañanas bajó al jardín y se sentó bajo uno de los robles con las partituras en blanco y la pluma. El contacto directo con la naturaleza le ayudaría a que las notas fluyeran de su mente al papel sin distorsiones.
A la tarde, mientras reproducía a piano todo el trabajo de la mañana, se acercó su hermana al escuchar tan hermosa melodía.
- Es muy bella -dijo Clara atravesando la puerta.
- ¡No, no y no! -gritó Manrique- No es lo que yo quiero.
- Pero es preciosa -le corrigió su hermana-. La hija del duque te felicitará al escucharla.
- Es una composición mediocre. La hija del duque me echará a los lobos cuando la escuche. Tengo que mejorarla.
Y acto seguido cogió las partituras e inició una vorágine de tachones y correcciones indiscriminada.
Los días pasaban y la fecha del enlace estaba cada vez más próxima. Manrique no comía y apenas dormía. Nada de lo que componía le parecía que estuviera a la altura. Qué le estaba pasando. Había compuesto piezas más complicadas que una simple sinfonía para una boda. Pero se le resistía.
Iba de su estudio al jardín y del jardín a su estudio. A veces pasaba por la cocina y comía algo. Dormía sentado echado en el escritorio o doblado frente al piano.
El día anterior al enlace de la hija del duque Manrique caminaba junto al acantilado con un fajo de hojas garabateadas bajo el brazo. Seguía sin tener nada que le gustara. La presión que sentía le impedía encontrar la melodía perfecta.
Sus insomnes ojos rojos se pararon a mirar una grieta del suelo y la siguió con la mirada hasta el muro del acantilado. Se acercó a él y contempló al otro lado cómo las olas de la bajamar rompían contra unas rocas lejanas.
Manrique respiró profundo el aroma del mar mientras subía su cabeza hacia el cielo. Los mechones enredados de su cabello revolotearon con la corriente del viento que traía a los veleros hacia el puerto. Pareció que la mente se le despejaba y la migraña que sufría desde hace algo más de una semana se atenuaba. Volvió a respirar de nuevo muy profundo.
Abrió los ojos hacia las nubes corredoras que avanzaban rápidas hacia la ciudad. Bajó la mirada y apoyó las manos fuertemente en el murete. Alzó la pierna derecha y apoyó la rodilla junto a las manos. Subió la pierna izquierda, se irguió y se colocó de pie encima del muro.
Agarrando bien las hojas con una de las manos abrió los brazos en cruz y volvió a inundar sus pulmones de la pureza del aire húmedo que venía del mar. La migraña estaba desapareciendo y tenía la mente despejada. Se puso de puntillas para recoger toda la brisa con su cuerpo y sentirse levitar.
No sabe si por accidente o tal vez, al sentirse incapaz de componer nada decente y por voluntad propia Manrique cayó al acantilado. Toda su vida pasó en forma de notas entre sus oídos: las nanas que su hermana Clara le cantaba de niño al dormir, las canciones infantiles interpretadas con el instructor, los salmos de los actos religiosos cantados en la Iglesia, los nocturnos de Chopin que le acompañaron desde que empezó a tocar y cuando finalmente se suponía que debía escuchar un réquiem la música paró y escuchó la última nota, corta como una semicorchea y seca como la de un instrumento de percusión; fue el sonido de su cráneo cuando se estrelló en la roca del acantilado
Quedó boca arriba con los ojos abiertos. Manrique ya no era consciente pero sus retinas aún recogían el suave descenso de sus partituras revoloteando al viento que llegaba desde el mar, frágiles como mariposas blancas y suaves como pañuelos de seda desprendidos del vestido de una dama.